Parece ser que emerjo de la bruma, que de pronto me materializo de la nada y aparezco en estos bares esperándote un poco sin siquiera despeinarme.
Giro nervioso el vaso en la mesa, toqueteo incansablemente el maní mientras se me cruza por la cabeza que la patria es el otro, o que me olvidé la billetera o me pongo a cantar bajito mezclando el retumbar del bajo en los vidrios con una canción de los piojos.
Y de la misma bruma salís vos, porque la levanto cuando llego y es un truco barato de utilería que se mezcla con las luces, con el olor a vómito de las paredes y la toxicidad del humo que cubre la sala.
Eso que ves que me sale del costado estuvo y está siempre, y no es ninguna especie de hechicería es solo la acumulación de todas mis formas colapsando, a veces, tan maravillosas que se entremezclan para arrancarle una estrofa a la canción. Y otras, precisan ahogarse en fernet barato y recorrerme por los extremos mientras me encanto en contemplar cómo es que vas apareciendo, vos, o mi reflejo difuso, en el retrato del espejo gigante apoyado en medio de la barra.
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