Qué cualidad tan ingrata la tuya de ocupar espacios vacíos,
llenarlos de nada,
alumbrar todo con tu oscuridad
y revolcarme entre algodones de azufre.
Aún conservo el buzo que te regalé y que jamás aceptaste.
Me dejo abrazar por el suave algodón negro, como si fueran tus brazos,
y arde el logo de lo que parece un incendio en el centro de mi pecho.
Estoy frente a una puerta entreabierta esperando que me invites.
Cargo todas las cosas que eran para vos,
cargo también las que me pedís que sostenga.
Preservo bajo el logo un río turbio,
escapa por mis ojos,
va en busca de un mar claro.
¿No oís?
¡Ya me arrastra la corriente!
Voy soltando los abrazos del buzo que nunca vestiste,
abrazos que nunca me diste.
Voy nadando hacia el mar para entrar en calor.
Cuando el sol me seque,
me abrigaré con otros colores.
No puedo nadar con el peso de tanta ambigüedad,
así que la encontrarás al salir,
girando a la izquierda,
dentro de la caja gris.
Tal vez algún día estés de visita en aguas claras,
espero que me cuentes qué hiciste
con aquello que te dejé en la puerta.
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