hoy he pensado en las pérdidas profundas. en lo que significa perder algo entre los recovecos de la vida y jamás volver a verlo. el hueco del corazón, la falta de sangre, la escasez de oxígeno y la dispersión de la mente. desde pequeño he sentido que algo me falta, que la cuerda de la que tiro no se siente tan tensa. mamá dice que es una consecuencia y papá ni siquiera reconoce el vacío.
me consume la nostalgia, en realidad. la vida pasa frente a mis ojos y no logro tomarle las riendas. añoro los momentos en que todo era más lento, más duradero, menos complejo. cuando el sol me abrazaba y el viento me acariciaba. cuando no se desperdiciaba el tiempo y las sonrisas no venían seguidas de arrepentimiento, asco, melancolía.
no entiendo tampoco si las cosas cambiaron en un momento específico, si algo causó esta herida, o si sencillamente esta era la vida que una fuerza mayor eligió para mí. decido creerme incapaz, eternamente dependiendo de lo que me rodea y no de lo que yo tengo el poder de determinar.
es por ello que me aferro a lo que resta de mi inocencia e ingenuidad. una tibieza que podría cobijar mis huecos, mis piezas faltantes. un algo que pudiera suturar mi piel rota, sin posterior abandono ni desprecio disfrazado de cariño. un momento de paz y silencio en el que no me sienta presionado a sabotear mi propia estabilidad, a ponerme yo mismo la trampa. dejar de extrañar el sufrimiento y el caos al que crecí acostumbrado, masoquista que soy. una curación plena.
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