Creci aprendiendo que la presencia física no siempre es amor, y que la ausencia del alma duele más que la distancia. Crecí esperando un abrazo que nunca llegó, una mirada que me reflejara el amor.
Aprendi a callar y guardar mis emociones, para no depender nunca del cariño que no supiste darme.
Aprendi que no todos los que dicen "te quiero" lo sienten, y que hay silencios que hieren más que las palabras duras.
Crecí haciendome fuerte entre vacíos, tratando de llenar con valentía lo que el afecto no supo sostener. Me volví experta en fingir que no dolía, en sonreír mientras el alma gritaba en silencio.
Guardé lágrimas en el corazón hasta que se hicieron parte de mí, y aprendí a vivir con esa nostalgia que no se cura, solo se acepta.
Pero con el tiempo entendí algo; que no todo lo roto está perdido, que tambien se puede renacer desde lo que dolió. Porque aunque crecí sin abrazos sinceros, hoy soy mi propio refugio. Aprendí a darme el amor que me negaron, a cuidar la niña que un día solo quería sentirse querida.
Y aunque todavía duele, ya no me destruye. Porque comprendí que el amor que más sana es el que uno aprende a darse cuando nadie más lo hizo.
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