Noches y noches de angustia han pasado y mi corazón aún no disipa su inflamación, como la de las bolsas grises bajo mi mirada dispersa en un futuro que nunca será.
Tantas noches previas al desencadenamiento de este desamparo interminable te creí primera y última en mí. Me lo repetí hasta saberme de memoria las líneas de tus expresiones reproducidas en las pantallas de mi entendimiento.
Los engranajes de mi funcionamiento han dejado de girar desde esa noche en que mi corazón se bañó en el petróleo que derramaste cuando te fuiste. Teñido de oscuridad e implorante arroja manotazos que no reconocés para tomar. Ya no entendés que está ahí como siempre lo estuvo. Ya no te permitís aceptarlo porque descubriste su velo y tus ojos te revelaron un monstruo sediento de sangre y de tacto. Pero no es más que la cabeza de burro que te hace ver el hechizo en el que te sumiste. Y los relinchos que escuchás no son más que gritos ahogados pidiendo que me puedas mirar con los ojos de tu amor. Los que se hallan cerrados como con candados cuyas llaves fueron arrojadas al océano. Yo me desnudo y me zambullo en el agua helada porque necesito darles sol. Que el brillo del entendimiento les de calor suficiente como para traerlos de vuelta a la vida.
Pero las llaves parecen hundirse cada vez más y mis brazos entumecidos me dejan a la deriva.
Y con el pensamiento de no volver a sentir la calidez de tu amor, me dejo ser y perezco.
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