Es más difícil no pegar ninguna de las rimas que pegarlas. O sea, es meritorio. Ni una.
Se peinó para un lado, se apoyó la cartera entre las piernas ahora pegadas, luego la apoyó en mi brazo, despegó las rodillas. Se peinó para el otro lado. Golpeteaba como galopando en el mismo espacio, sin avanzar ni retroceder. Cuando suspira tan profundo me aterra un poco, y no paraba de hacerlo.
Mientras tanto el pibe del tren seguía improvisando patéticamente la anti-rima. Soñaba de pronto un brusco freno, que se haya cruzado un auto en algún semáforo de alguna esquina del subterráneo para verlo volar. Y a la vez, por dentro, disfrutaba el hervor que le generaba, gozaba y me relamía en ver todo artilugio que Carolina utilizaba para evitar confrontarlo, como si no tuviese derecho genuino a la paz.
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