Antes los colgábamos en las plazas,
destilábamos un cortejo verbal,
nada melindroso, adrede, a sus muertos.
Se cagaban en los muertos de un dictador.
La guerrilla cesaba la hambruna del pestilente,
el ya moribundo escogiendo sus plantas sepulcrales.
No avistó que ha diluviado.
En la plaza ha corrido sangre.
Que los medios, en tiempos bélicos, prosigan la vituperación.
Allá reposa desbocado Mussolini, más lejos el rumano Nicolae.
Antes los derrocábamos sin divergir; erótico era verlos sucumbir.
¿Por qué lo inmarcesible resultó banalizado?
No pueden nuestros dedos ahorcar una yugular, la suya;
no los podemos atravesar más, estamos dentro de una pantalla.
Portamos una labia sofisma y hacemos alusión al verbo luchar.
Sí, por quien dance un Aurresku primero, en el cuartel
de algún nuevo dictador: Gélido, Frígido, ICE.
Estamos dentro de los archivos; somos islas sin jurisdicción.
Se corre la sangre de los infantes porque hemos fenecido
ante estímulos, normalización y sensacionalismo.
Y yo volvería a bastecerme de la sangre de aquellos con poder;
deberíamos volver a colgarlos en las plazas…
¿Total? Siempre tuvimos el potencial de ellos:
yo, ello, superyó.
Solo que, por el bien elistista, nos han castrado.
No estamos colgados; somos la plaza.
Donde se recrean con los niños.
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