Anochece y otro día en Suburbia termina.
El colectivo, repleto de gente, carente de dopamina,
escasa de alegrías,
pobre de oportunidades y atada a sus rutinas,
se encamina a su recorrido típico.
Ahí me hallo, entre ellos, callado y pensando.
¿Qué hacer para lograr mi sueño?
Si es que acaso tengo uno.
He pasado tanto tiempo,
tanta vida quemada en la monotonía del día a día,
que ya no tengo fuerzas siquiera para pensar qué quiero,
a qué aspiro, cuál es mi motivo de vivir.
¿Sobrevivir? ¿Sentir? ¿Reproducir? ¿Huir?
Sinceramente, solo quiero volver a casa y dormir.
Soñar con un señuelo que ilusione el porvenir,
creer que vale la pena este antro de persona ruin.
Sin sueños y sin metas.
Sin maletas, con caretas chetas.
Sin cometas para volar, pero contentas por caminar.
Al llegar prendo la tele:
metas plásticas invaden la casa.
Cuerpos perfectos, familias felices y millones,
millones de productos que vas a necesitar.
Información vacía de gente que no conocemos, que no sabemos si existe.
Política de fluidos queriendo llenar con contenido vacío cabezas vacías.
Entretenimiento frito para llenar panzas de risas.
Cocino a las apuradas; el vapor de la olla con fideos deja su marca en las paredes. Me siento y como en absoluto silencio. Intento leer un libro y me duermo.
Mi cuerpo se funde en la cama, el cansancio pesa y las ideas no flotan.
Y asi,
lentamente,
va amaneciendo en esta ciudad de Suburbia,
encaminada a otro día
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