Te llevaste mis ojos,
mis labios,
mi tez.
Arañaste mi espalda,
marcando con tus uñas
una figura que aún
no logro identificar.
Escupiste sobre las heridas de mis manos
—tan cruel como siempre—
y sonreíste al verme
sufrir.
Hiciste a mi alma llorar.
¡Cómo gimoteaba aquellas noches
en las que devorabas
mis pobres y débiles
sentimientos!
Míranos ahora. Tú existes en un recuerdo voraz, lejano, podría decir incluso
ilusorio.
Y yo, con la arena rozando la punta de mis dedos, me percato
de que todo ese daño
recibido
fue una
forma más
de que mi ánima muriese.
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