Hace tanto tiempo que llevo huyendo, que apenas puedo recordar de qué.
Al principio, creo, escapaba de mi (propia) tristeza. Tenía la absurda creencia que podría desprenderme de ella. Quitármela de la piel, de las lágrimas, del corazón... Pensaba que si corría lo suficientemente lejos, la vida dejaría de doler, pero no fue así.
Luego me di cuenta de que no podía escapar, porque habitaba en mí, (¿O quizá habitaba yo en ella?) así que busqué entre mis entrañas. Me abrí en canal, solo con la esperanza de entrever algún hilo del que empezar a tirar, un primer paso hacia el silencio, aunque fuera desde el abismo, sólo para darme cuenta de que mi cuerpo, estaba lleno de tí. De tus canciones, tus fotos, tus bromas, tus inquietudes, tus anhelos y sueños, de tu risa, de tu recuerdo... Y en cada una de estas cosas, fusionadas de forma casi imperceptible, pequeñas lágrimas cristalizadas, tan finas y afiladas que habían empezado a desgarrarme por dentro. Ahí lo entendí todo. Debía deshacerme de ese latido agónico y silencioso que había hecho mío. Tuve que perderte a tí, y con ello, matarme a mí.
Lo bueno es, que ahora, solo me dueles a veces. Aunque yo ya no sea yo.
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