Cada botón se abrocha distinto y cada canción se escucha como la primera vez; el agua caliente bailando sobre mi piel da una calidez distintiva; un roce de labios me sienta igual que el hecho de perder la virginidad con el amor de su vida otra persona podría experimentar; el llanto se siente llenador y la risa un último manotazo de ahogado; las llamadas no buscan ser largas sino meramente contestadas; diría que hasta el barro sabe bien; las cosquillas ya no dan risa sino que incomodan como la primera vez que las sentí; apoyar la cabeza en su hombro no se siente como una acción romántica, sino como dejar el peso del mundo que arrastro caer por un segundo, transformarse en pluma; no tengo yunques en la nuca, se movieron todos a mi corazón y cuando este cese su latir, sabré que todo lo que probé y experimenté, lo hice al máximo y desde lo más puro de mi alma, desde el impulso y desde el pensamiento, desde el raciocinio y desde el amor. Desde cada rincón de mi existir.
Eternas gracias a quién sea dichoso de sentirse aludido en este escrito por el tiempo prestado en vida, puedo decir que en esta víspera de suicidio pude sentirme feliz después de tanto tiempo flotando en el vacío terrenal de la existencia carente de sentido que solo el más desafortunado de los humanos puede experimentar.
Gracias, gracias, y mil gracias, gracias por estos casi 21 años; recuerden este escrito como fiel memorial de que ante la inminencia del final; lo cotidiano se vuelve sagrado.
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