Matar para sobrevivir era en lo único que pensaba,
mi dulce Ángel sufría por las espinas que llevaba,
sus alas dejaron de abrirse para mí y eso me hacía culpable.
Culpable de protegerlo, culpable de amarlo solo como yo lo hacía.
Mi cuerpo se acostumbraba al aterrador frío, manos congeladas que
solo podían recibir calor en casa, nuestra casa.
Buscaba refugio en sus brazos, sus calientes manos sobre las mías,
sonriendo para mí y abriendo sus alas en son de alegría.
Oh mi dulce Ángel, sufriste por mi, me amaste más que nadie y te dejé ir
para que tus alas sean mejor cuidadas por alguien que no es un desastre como yo.
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