Y cayó de cabeza; inevitable desenlace.
Yo estaba de espaldas en el banco y lo escuché acercarse con miedo. En vez de la corridita de siempre, como que pedía permiso para caminar. Y cuando llegó se lo tiró sin pensarlo: —Te amo, loca. Y lo peor de todo es que ella hasta ese momento siempre lo había amado. Y luego ya no.
¿Cómo se explican estas cosas? Sé que me pongo medio delirante pero para Sofía el amor es todo menos amor. Entonces cuando escucha esa palabra le debe crujir el estómago. Pero lo siente, se ve. El loco encima no es que se lo dijo al paso, sino que no podía entender cómo jugando al paredón la pelota se congeló en el aire. Como que la pared no paredeaba; y Sofía no Sofiaba evidentemente cuando algo la rompía —sorbido de mate tan lento, antecedido de una succión ruidosa, de un pensamiento oportuno—. Evidentemente no. Pero si no hubiese hablado probablemente hubiesen envejecido. Porque sabe a qué hora se levanta y el humor que tiene solo con verle el peinado, porque le huele el pelo con la excusa de saber si usó o no el shampoo de coco, y esas cosas, che. El otro día me dijo de corrido, de izquierda a derecha y sin respirar, los diecisiete libros que tiene en el estante de su cuarto. Y sin embargo Sofía... Que se busca en todos los objetos y encuentros porque en el amor nunca, y sin embargo cada vez que se ubica en un detalle es algo superior. Quizás el amor es un insulto y nadie la entiende. Yo te quiero creo así.
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