Con manos temblorosas, tejí mil estrellas,
de papel humilde, con mis sueños bordadas.
Un ramo de margaritas, simples pero bellas,
te ofrecí, temiendo tus miradas heladas...
A la puerta de tu alma llamé sin descanso,
dejando en cada golpe mi amor sincero.
Mis regalos humildes, despreciaste en un paso,
como si el corazón pesara solo por dinero...
Con palabras torpes, pero llenas de fuego,
quise confesarte lo que el pecho gritaba.
Tu risa fue filo, un cuchillo en mi ego,
tu desprecio una herida que jamás sanaba...
Llovieron tus rechazos, como piedras al río,
y aun así mi amor seguía ardiendo.
Te veía como un jardín, puro y frío,
y yo, tu guardián, siempre en tu suelo cayendo...
Un día me fui, cansado de la tormenta,
dejé mi último poema junto a tu ventana.
Un adiós escrito con sangre y con tristeza,
mi corazón, al fin, en la noche se apagaba...
Cuando el rumor llegó, tu mundo se detuvo,
el chico del alma humilde ya no estaba aquí.
Entre lágrimas tardías, su amor descubres,
pero en tu jardín, ya no florece abril...
Los lujos que buscas, son sombras vacías,
y ahora que me buscas, no me puedes hallar.
El único que te vio como flor entre espinas,
fue quien murió regando tu rosal...
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