¿Cuánto más tengo que apostar
para que me veas y no huyas?
Para que dejes de llenar tus vacíos
con lo que nunca permanece
y te atrevas a sostener algo real.
La puerta nunca estuvo cerrada,
no del todo,
pero tampoco me dejaste entrar.
No porque no quieras,
sino porque no sabes
cómo hacer espacio
para algo que no se desvanezca en la mañana.
No es que haya alguien más,
es que no hay nadie.
Solo el eco de lo que usás para distraerte,
mientras yo,
soy la pieza que no encaja
en el rompecabezas de tu mundo.
Tu crueldad no es rechazo,
es incertidumbre.
Es la eterna duda
de un corazón que nunca aprendió
a amar(se).
Te di mis manos,
mi alma,
mi voz.
Fui sombra y luz,
calma y tormenta
y aún así,
seguís siendo inalcanzable.
Sé que me amás,
pero también sé
que eso nunca va a ser suficiente.
Me querés cerca,
pero no sabes sostenerme.
Me querés tuya,
pero no sabes elegirme.
Y yo sigo apostando,
sigo perdiendo,
sigo volviendo,
como si un día el juego
pudiera girar a mi favor.
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