De vez en cuando miro por la ventana e inclino tiernamente la cabeza hacia un lado, como lo hace el enamorado. Pongo mis ojos a disposición del mundo, y, espero alguna escena ordinaria que me despeine un poco, que me desaliñe. Alguien que canta en la calle, dos que se besan, un chiste que oigo sin querer. Un muchacho que me mira, el color de una fruta, una señora con los labios mal pintados.
Si tengo suerte, se tratará de una secuencia rota; un quiebre en lo establecido, en lo que podría predecir, algo fuera de margen. Un piano disonante, un señor desayunando fernet, un rosario sobre la vereda, una flor nacida en la grieta del cemento. Locos que suben al colectivo a enunciar sus verdades, las prostitutas del Once saludándome en mi camino a la facultad. Una frase que escucho por primera vez, enterarme de un nuevo gesto cada vez que me paro frente a un otro.
Jugar a que algo sé, para seguir leyendo a Freud. Hacer el amor en el balcón, caminar en tacos por la avenida cuando apenas despuntan los primeros rayos de sol. Divisarme en el espejo con los ojos maquillados de negro, y reír.
Llegar al final del día para extender las manos y escribir estas palabras. Así, mis párpados consiguen el permiso de cerrarse, logro recostarme abrazada a mi deseo, a un costado, en dónde no me alcance el vendaval de la época cruel. Ahora puedo irme a dormir con la inquieta placidez de saber mi cuerpo en esta ciudad.
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