Soy una purga
en la punta de sus labios;
no me ayuda a adherirme,
no me enchastra.
No hay pegamento
que inste en cementar
esa sequía en mi textura labial.
Simplemente, no se tensa,
no muerde,
no moja sus labios por mí.
No hay sabor que se despoje;
una pequeña abertura
para dejar salir a las palabras.
Y los viernes los tiñe de negro,
los remoja en la lluvia sacra;
se oscurecen en los callejones
donde le hacen sombra
todas las plagas,
todas las larvas:
las que se escuecen
dentro de la boca.
Se retuercen y vuelven a salir.
Vuelven a diluviar palabras
que hacen remojar a sus labios.
No, no es suficiente.
¿Por qué yo no puedo
hacerle juego a las grietas?
Le resquebrajan la tersa piel
con sus dientes,
le limpian la sangre,
la ensucian con sus bacterias;
pero soy yo el nombre de la purga,
y ellos los pronombres de lo permitido.
Sé que el día en que sea suficiente,
ya no los querré infectar.
No los querré abominar.
Lo siento por la bronca,
por un sulfuro casi adolescente.
¿Por qué tengo que ser un parásito
para merecerlos?
No
es
suficiente.
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