Consternada y agradecida, a la vez, la mezcla justa de dulzura y el saber que debe mantener la cabeza alerta. El otro día me contaba de aquellos soldados a los que les ponen alfileres en el cuello, o algo así. Entonces mira el café, juega con la mezcla, hace remolino en la espuma hasta que se acuerda y entonces me mira a los ojos. Se le agrandan las pupilas a la vez que se le elevan las cejas. Luego, deja escapar un suspiro y una risa para cerrar la oración.
Cruzar la avenida en puntitas de pie haciendo el menor ruido posible, procurando no resbalarse con el adoquín mojado por la garúa en Victoria, siendo consciente de evitar la vereda. La calle costera al túnel le pertenece al paseo más que al barrio, comentó. Y de pronto se pierde en el paso de un estuche colorado que le hace acordar de repente. Entra al llanto de cabeza, se zambulle, se acuesta en el fondo entendiendo que entre las notas al pie hay excepciones donde poder agachar la cabeza.
Vuelve cuando pasa el tren hacia Tigre, cuando pasa un gorrión, cuando salta los cambios una bicicleta que no está cumpliendo función alguna más que el apoyo de una mochila. Y sin embargo el problema es otro más allá de los ojos hinchados. Un día me lo confesó mirando de reojo mientras no podía evitar mirar un piano; el problema de este tipo de obras (dígase de las que le rompen el corazón) es que dejan la vara muy alta. Y entonces se viene un proceso de ir buscando algo a la altura. Con la inocencia de un niño que sabe que está haciendo algo incorrecto mientras se ríe, mientras pinta con labial carmesí un sillón grisáceo de tela antidesgarro.
Endulza un poquito más el café, dos bolsitas de azúcar.
Una galletita más le pide al mozo.
Viste colores claros. Se deja el pelo suelto.
Se permite doler un poco.
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