Por primera vez John siente miedo. Desabrocha el primer botón de su camisa porque le aprieta el cuello. El calor lo habita a pesar del frío característico del lugar. Lleva años frecuentando el mismo casino y ya conocen su suerte. Le gusta arriesgar todo sin pensar en las consecuencias. Perdió la noción del tiempo y no sabe cuánto lleva metido en problemas. Desea saber la hora, pero sigue las reglas del club: No relojes, no celulares. No entra ni un rayo de luz que indique si el día ha terminado. John siempre regresa a casa cuando los semáforos descansan y solo titilan color naranja. Lo que no sabe es que después de hoy no tendrá dónde caer muerto. La burbuja del privilegio lo protege desde la cuna. No conoce el hambre y la soberbia lo acompaña durante sus apuestas. A John le tiemblan las manos blancas, delgadas y sudorosas. Apuesta todas sus fichas a un solo número, apuesta directa le llaman. En sus ojos se reflejan las luces coloridas del casino, los tiene fijos y a la expectativa. Piensa en todas las veces que la incertidumbre lo acecha y se convierte en su sombra, justo como en este momento. Pelean, pero se gustan, coinciden en cada juego y se emocionan si están juntos; hace mucho le dejó de importar los resultados con tal de sentir la adrenalina que le produce su compañera. Solo visita el casino para citarse con ella. John no apuesta por dinero, hasta ahora. La rueda se detiene. Pierde todas las fichas que apostó al número 33. El croupier recoge las fichas deslizando el rastrillo sobre el tablero y el sonido de la derrota aturde a John. Camina hacia la salida y se para frente a la puerta automática. Inmóvil. La puerta se abre y se cierra frente a sus ojos y ya no se escuchan las monedas caer ni los murmullos de las señoras jugando a la suerte. A John no le inquieta que sus cuentas bancarias estén vacías, a él solo le duele despedirse de su amiga.
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