Su nombre guarda la memoria y la luz.
Aidana, la luna que ilumina suavemente nuestras noches, la que nos recuerda que incluso en la oscuridad siempre hay un resplandor sereno.
Leticia, el legado de amor que nunca se extingue, el eco de quien partió pero sigue presente en cada gesto de ternura, en cada mirada que la abraza desde el recuerdo.
En ella se encuentran el pasado y el futuro, la memoria de quienes ya no están y la promesa de todo lo que vendrá.
Su sonrisa es un amanecer nuevo, y en sus ojos cabe un cielo entero.
Pequeña y frágil como un suspiro, pero inmensa en lo que despierta en nosotros.
Aidana Leticia llegó para recordarnos que la vida se renueva, que el amor trasciende y que incluso los corazones que no entendían la devoción hacia un bebé, al verla, se rinden a su ternura.
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