He reconocido la plenitud con tan solo contemplar unos orbes resplandecientes bajo la luz del sol.
Me dejé arrastrar hacia la locura por el tacto, por el sabor de una piel tibia que se fundía con la mía.
Aprendí a leer los labios para entender lo que decía al otro lado de la avenida, me enamoré de una personalidad desenfadada opuesta a la mía.
Hallé un refugio en su ser y ansiaba hacerme un espacio entre su caja torácica, manchar sus dientes de mi sangre y dejar fragmentos de mi piel enredados entre los intersticios de los mismos.
El contacto desesperado de mi cuerpo con el suyo se convirtió en mi pecado; me sentí rebasada por la ternura, la indecencia y la locura.
Entrego el cuerpo y quedo expuesta, sin alma.
Hasta que no quede nada de mí, no podré afirmar que he amado de verdad.
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