Los protagonistas de mis historias son energúmenos que aspiran a la redención en algún punto de sus vidas. Criaturas corrompidas por el exterior que abrazan la posibilidad de un golpe de suerte que altere sus sentidos o de aquel amor que logre poner sus mundos de cabeza. Es ahí donde me doy cuenta que no soy tan diferente a ellos, que quizás descargo la frustración de mis lentes deslizándose una y otra vez por el puente de mi nariz mediante finales trágicos donde la ternura no es más que un trago amargo digno de censura. ¿Mis personajes se sentirán prisioneros de mi resentimiento? Sé que ellos no tienen la culpa de las tazas de té que se enfrían en la mesita de luz cuando las palabras no salen y la jefa de la editorial no hace más que insistir con un plazo de entrega; quizás mentí al mencionar que trabajo mejor bajo presión, pero eso solo lo sabrá el blíster de pastillas que se vacía rápidamente y que descansa en el desorden de un escritorio detonado por las incontables noches en las que fue el canvas de unas colillas de cigarros que caían despreocupadamente.
Constantemente me pregunto si se emocionarían al enterarse del entumecimiento que se concentra en mis dedos y que no me permite continuar con la trágica cadena de inocentes que son obligados a sufrir a costa de mi descontento; si la esperanza se manifestaría en ellos en forma de ojos brillantes y corazones pulsantes que esperan ser desposados de la fuente que los mantiene cautivos. ¿Le contarían a sus hijos, a sus esposas o a sus nietos que, hace muchos años atrás, fueron manejados por un amargado que los obligaba a llevar una vida que no deseaban? ¿Se atreverían a mencionar a su creador con una sonrisa en el rostro pese a haber sido quien más daño les había hecho? Cómo me gustaría rescatar la belleza que se halla tan latente en los colores que decoran la naturaleza, en las golondrinas que cantan en libertad, pero la realidad es que mis creaciones están destinadas a chocarse contra la coraza que los separa del resto del mundo. Bien quisiera desprenderme del dolor que hace arder mis articulaciones hasta el punto de deteriorar mi alma y obligarme a reposar en la superficie más cercana de mi alcoba, cuya frialdad representa un firme recordatorio de la soledad que se aferra a lo largo y a lo ancho del lugar que nunca fue mi hogar.
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