ADVERTENCIA
Perdónenme los interesados, no pude contener más esta pena que me come el alma. He llorado todo lo que he querido; igual nadie se enteró. Mis lágrimas caen como polvo al viento, secas de tanto sufrir. Sí, estimados... ¿Estimados? “Estimados” es una cordial forma de dirigirme a ustedes, un trato por el mínimo respeto. La cruda verdad es que bien poco me importan ustedes. Sí, miento, a veces —muy a menudo, casi siempre— lo hago. Sin embargo, si he sido un mentiroso es porque nunca he adornado la verdad. Me sale fría y cruda… como doy los besos. Y para evitarme el ligero juicio que pudieran hacer de mi persona sin antes darse el mínimo tiempo para conocerme o comprenderme —y tacharme de inmediato como una persona desagradable— aunque si lo hicieran, luego y con argumentativa razón, bien podrían decirlo. ¿Qué cosa? Pues que soy desagradable, o por lo menos, todo un amargado.
Sí, estimados, como les venía diciendo: he encontrado el mar en estas páginas dónde desembocar mis lágrimas. Si quieren saberlo de antemano (como siempre he querido que me cuenten los chismes: primero el final y luego la historia), ando metafóricamente caminando como un vagabundo, llorando por el amor que me ha dejado viviendo con las tripas en la mano. Como dirían en el medioevo: una depresión que coquetea todas las noches con Alouqua. Una melancolía que no duerme al llegar la noche y no levanta al despuntar el alba. Una distimia que te descolora el cabello y te amarga la hiel. Maldiciendo a los benditos y bendiciendo a los malditos. Queriendo ser la piedra en el zapato de Dios. A su abandono estoy, a merced de su justicia divina, caminando con cataratas de pobreza en los ojos, con escupos en la cara por andar blasfemando contra ÉL.
Sí, de pronto reniego contra Dios. (Y sigo…) Soy creyente por crianza. De ese Dios cristiano que nadie ve, nadie escucha, pero al que todos le suplican con el culo levantado. De ese que tiene iglesias con olor a iglesia (¡y no me vengan a decir que no conocen el olor a iglesia!). Aunque ya hace muchos años que ni siquiera me acuerdo de alguna chiquilla hermana en Cristo que me confundiera la fe. Digo reniego, porque siempre, aunque ya no camine como canuto, he ido por el mundo cumpliendo —creo— a cabalidad la mayoría de los mandamientos. Y condénenme los que me digan lo contrario; apuesto a que igual los veré en el infierno (si es que existe).
Siempre me voy desvariando, como si viviera en un eterno estado febril, en cuestiones ni siquiera importantes.
Nací con ojos tristes. Un par de amores me lo dijeron, y es verdad, ojos cafés, oscuros, casi ámbar viejo con el sol, y para variar, no aguantan ni una pena —¡ni ajena que sea! —, rompen en cascadas que trato de disimular, pero ya hace tiempo que ni me importa, porque no me importan ni ustedes. Lloran hasta con el recuerdo, viven en ellos, como si fueran dimensiones donde echo rienda suelta a mi alma y ella se pierde en los caminos del pasado. Y no solo del pasado, sino de muchos otros pasados diferentes, un multiverso de posibles que nunca ocurrieron. Y siempre elijo el peor escenario para concretar los eventos. Siempre jodo todo.
He aprendido mucho de tristeza, no solo porque ando con la cara triste muy a menudo, aunque ni siquiera esté cerca de estarlo. Pero no he tenido vivencias más felices que las tristes. No iré a lamentarme la pobre vida de pobre que tuve (y quizás todavía tengo), que ejemplifica con bastante mezquindad la máquina en la que todos estamos inmersos. Nunca me sentí pobre realmente, porque no sabía lo que era. ¿Cuál es la diferencia?, quizás sería la pregunta más lógica del niño que fui. Pero como nunca supe lo que era “tener”, nunca me sentí extraño. Y repito: no es que ser pobre me doliera. De hecho, era lo que menos me importaba.
Ya sé, ya sé que me he ido demasiado por los tarros, como para ser la antesala de —quizás— la obra poética más corta y amargada de la vida. Pero es que no sé… no puedo evitar ser así. He perdido el hilo… ¡Ah! Ya recuerdo: comencé diciéndoles que ando caminando con las tripas en la mano. Bueno… no es verdad. No se lo crean. No sé por qué siento esa especie de placer de ir por la vida contando mentiras innecesarias —si es que acaso puedan existir mentiras necesarias.
¡Dios! Sáquenme de mi placebo y vuélvanme al mundo real.
Encontré, lo que quizás fue la mayor compensación de mi vida, la re-identificación como mapuche. Tanto me costó. Sentí el desprecio de los míos, esa discriminación inversa que tan pulcra se describe. (¡Que va a ser mapuche este wingka!). Con llagas en los pies, no me importaba nada, enfermo de la lengua, tartamudo cultural, ignorante de los ritos. Encontré cabida a la luz de los pu longko. Esa ave que alzó al fin su velo y aun no encuentra orilla para descansar de los océanos del saber. ¿Dije que vuelo?, ¡Corro! Corro por el wenu mapu, ensimismado sin orejas escuchando la vergüenza de los otros. Desde ahí a esos mismos bastardos iré a buscarlos. Alegría intrépida la que sentí, el amor lo encontré, un mundo imaginé, y al rato lo perdí, yo me perdí, me olvidé de mí. Solo los sueños limpian las impurezas del alma.
Bien, vamos decantando y sacando el orujo. Pues si creían que éste sería un lagar de los mejores versos… otra vez se equivocaron. Y si llegaron hasta aquí, fueron engañados.
¡Orujo! Orujo es lo que les voy a servir. No es que sea mal anfitrión… es que no tengo más. Sin embargo, ni me vale buscarles algo mejor. Aun así, y aunque no me crean, los invito.

Alejandro Diaz
Poeta mapuche del desgarro y la memoria. Canta con furia y ternura, entre cuerpos heridos y ancestros que danzan. Su verso arde entre el amor perdido y la raíz viva.
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