Entré al cuarto con la tristeza de quien teme la última vez.
Allí estaba, el ser negriblanco que amábamos juntos, postrado. Lo miré y dije: “No sé si volveré a verte”, mientras su pelaje rozaba mis manos, ajeno al vacío que me consumía.
Esa noche quise creer que volvías. Pero no eras tú, eran solo palabras huecas, frases heredadas que se clavaban en mí como un cuchillo en el corazón.
Y aun así, me fui con un alivio extraño, con una felicidad que no era alegría, ni calma, ni paz… algo tan confuso que ni siquiera sé nombrar.
Pero todo fue mentira.
Tú me desechaste, como quien arroja un juguete roto.
Me convertiste en esclavo, negándome el derecho a vivir.
Y cuando intenté levantarme, cuando por fin busqué respirar por mí mismo, me clavaste tu manera de matar: lenta, cruel, amarga.
No de la forma que yo quería, sino de la única forma que tú sabías:
haciendo sufrir hasta morir.
Porque siempre fuiste así contigo:
jamás te importó mi felicidad, solo que yo la construyera a tu lado.
Jamás te importó mi paz, solo que la encontrara en ti.
Jamás te importó nada de mí, salvo cuando yo te servía.
Y lo peor de todo…
cuando al fin pude ser feliz sin ti, sin que tu sombra me vigilara, te fuiste.
Te fuiste no con amor, ni con dignidad… sino con la crueldad de romperme una vez más.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.
Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in