Hay algo profundamente triste
en mirar el mundo demasiado tiempo.
Las noticias se acumulan
como platos sucios en la cocina.
Guerras.
Discursos vacíos.
Hombres trajeados hablando de futuro
con la misma boca
con la que mastican el hambre ajena.
Y mientras tanto,
nosotros seguimos acá:
trabajando para sobrevivir,
deslizándonos por ciudades cansadas,
aprendiendo a fingir normalidad
mientras todo alrededor
se pudre lentamente.
A veces siento
que nacimos demasiado tarde para la esperanza
y demasiado temprano para el colapso.
Como si nos hubieran dejado atrapados
en la mitad de algo irreversible.
La política ya no parece una idea,
ni una herramienta,
ni siquiera una discusión.
Es solo ruido.
Un espectáculo de personas
peleando por quién administra mejor la herida.
Y lo peor
es que incluso el amor empezó a parecerse a eso.
Las conexiones humanas
se volvieron rápidas, utilitarias, frágiles.
Todos hablan,
nadie escucha realmente.
Nos miramos como quien revisa vitrinas:
buscando algo que distraiga el vacío
sin involucrarse demasiado.
Da miedo necesitar.
Da miedo decir
“quedate un rato más”
en una época donde todos viven
con un pie afuera de la puerta.
Extraño la profundidad
de cosas que quizás nunca viví.
Las conversaciones largas.
La intimidad sin ironía.
La sensación de pertenecerle honestamente a alguien
sin miedo a convertirse en carga.
Pero todo parece diseñado
para mantenernos agotados.
Demasiado cansados para luchar,
demasiado distraídos para sentir,
demasiado solos para organizarnos.
Y entonces pasan los días.
Uno detrás del otro.
Idénticos.
Despertar.
Consumir.
Responder.
Sobrevivir.
Dormir con el cerebro encendido
como una ciudad que nunca descansa.
A veces pienso
que el verdadero terror de esta época
no es la violencia,
ni la corrupción,
ni el futuro incierto.
Es acostumbrarse.
Acostumbrarse a vivir desconectados.
A no mirar demasiado.
A aceptar migajas emocionales
como si fueran amor verdadero.
A sentirnos vacíos
y seguir funcionando igual.
Y aun así,
de vez en cuando,
alguien nos toca el alma sin querer.
Un abrazo largo.
Una conversación honesta a las tres de la mañana.
Una mirada que por un segundo
nos devuelve al cuerpo.
Entonces entiendo
que quizás todavía no estamos completamente perdidos.
Solo estamos exhaustos
de vivir en un mundo
que nos enseña todos los días
a olvidarnos de ser humanos.
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