El problema no solo es sentirme absurdamente buena para nada. El problema radica también en la manera en la que la angustia carcome mi alma, bebe de mi sangre, se almacena en mi mente y hace que conviva con ella todos los días desde una fecha que ni siquiera recuerdo. Me agota seguir así, espero a que cese, pero indiscutiblemente soy yo la responsable de que todo esto siga igual. Sin embargo, a veces siento que es peor esto de que yo tome acción por todo lo que me sucede; es peor porque nada de lo que me propongo lo consigo, porque me esfuerzo y sigo parada en el mismo lugar, como si fuera que la arena movediza me tragara lentamente.
Intento seguir con aquel pensamiento que me surgió un día de desesperanza absoluta, pero que de alguna forma me salvó en aquel instante de desesperación: Yo renazco todos los días, no me quedo estancada porque todos los días soy una persona nueva, me rehabilito, vuelvo a florecer, la vida vuelve a darme otra oportunidad. Aunque haya pensado eso en algún punto, no puedo terminar de incorporarlo, la angustia es mayor que la esperanza. Necesito un abrazo sincero y que me permita sentir que puedo yo sola, no de que soy una inútil. Necesito que ese abrazo provenga de mi parte, necesito abrazarme a mí misma.
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