Te abracé…
como quien abraza un incendio
sabiendo que va a arder.
Mis brazos rodearon tu forma etérea,
sin rostro, sin peso,
pero con el calor exacto
de lo que alguna vez fue hogar.
Eras luz,
pero no una que ilumina —
una que consume.
Y aun así,
cerré los ojos
y me rendí al resplandor
como quien prefiere arder
antes que volver a la oscuridad.
Tú no tenías nombre,
pero llevabas todos los que amé,
todos los que perdí,
todos los que quise olvidar.
Me abrazaste también,
aunque no sé si fue amor,
o sólo mi reflejo deseando
ser tocado por algo
más eterno que el dolor.
En ese instante,
no hubo cuerpo,
no hubo miedo,
sólo un alma aferrándose
a otra que tal vez
ya no estaba allí.
Y entendí...
que algunos abrazos
no salvan,
sólo incendian
con dulzura.
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