Tiembla mi guarida
al pulso de tu acento;
el único filo que logra horadar
la oscuridad de mis pensamientos.
Temo que este encuentro azaroso
destruya la membrana de mi alma,
protegida por el silencio febril
que ciñe mi garganta.
De alguna forma me invoca tu mirada
y quedo sumisa,
estampada,
en tus ácidas palabras.
Estoy en el juego,
en este placer perverso
de ser posibilidad infinita
que no se ensucia,
que no se toca,
y abanicar el ego.
¿A cuántos “luegos” sobrevive una ausencia?
Tengo esta galería de espejos rotos para enseñarte,
un “yo” que es otro —como Rimbaud—,
un pulso errante de lo interno.
Si saltas los cristales del abismo
y me rozas,
tendremos una memoriosa
fiesta sangrienta.
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