—¿A qué le tienes miedo precisamente?
—A no tenerlo...
He mirado la luna como quien puede.
He leído poesía para recrear los suspiros
de quienes la escribieron.
He llorado como si tuviera que hacerlo.
Me colgué de patas arriba
para sujetarme al viento y no al suelo.
Desplumé una paloma
para sentir vértigo al volar con sus plumas
o pena por su pescuezo desnudo.
Le dije: discúlpame, paloma, sé que tienes frío.
Y me picoteó.
Y sentí rabia.
Porque todo lo que había sentido antes fue frío.
Solo frío.
Y luego lo olvidé.
He dejado ofrendas
con la esperanza de extrañar a alguien.
¿Habré nacido así?
Nada se ha columpiado en mis costillas.
Ni una risa.
Ni el corazón viajando a mis pupilas.
A nadie le he prendido las palmas.
Ni alabanza ni acrobacia.
Ojalá tuviera miedo.
De morir.
De sentir.
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