en la complicidad de la madrugada, cuando el mundo ha callado, nosotros permanecemos despiertos, habitando el eco de nuestros susurros. no solo compartimos secretos: erigimos un santuario de sueños, un refugio sagrado donde el tiempo se rinde y deja de transcurrir.
nuestro deseo no es un incendio voraz que nos consume hasta las cenizas, sino la lumbre serena que otorga claridad al destino. ese pulso tibio que brota cuando nuestras pieles se funden; una pizca de calidez que desafía el gélido silencio de la luna mientras nos cobija en su abrazo de plata.
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