A veces no hay adiós,
solo mareas que arrancan de golpe
lo que aún no estábamos listos para perder.
Te fuiste
y mi barco quedó a la deriva,
sin faro,
sin puerto,
sin rumbo.
No supe ver que te hundías,
que bajo la espuma
escondías tormentas.
Yo miraba el horizonte
mientras tú peleabas
contra olas demasiado altas.
Ahora le grito al mar
como si pudiera devolverte,
como si el agua entendiera
todo lo que callé.
El ancla se perdió por mi descuido,
y desde entonces no descanso.
Porque no quiero aceptar
que algunas mareas
no regresan.
Si existiera un último viaje,
volvería a lanzarme al agua,
aunque me rompiera el pecho la sal,
solo para abrazarte
antes de que la corriente
te llevara otra vez.
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