A Dios lo eché por la puerta de atrás
se llevó mi paciencia, mi tacto y mi razón.
Salió en silencio, no se despidió de la planta
que cuelga en la esquina de la cocina,
ni del gato del vecino, que estaba de paso.
Me solté de su mano a la fuerza,
rompí tres veces la promesa
que me tatué la antepasada primavera.
A Dios le pedí su ausencia
cuando mis manos se hicieron grandes
cuando mis ojos no tenían falla
y todos los niños querían escucharme.
Fue mi mirada esquiva, como de sangre,
a todas las voces que me ignoraban
¡Cómo ignora el ignorante! El que no sabe ganar,
el que puso cara al Altísimo
para poderlo pisar, como quien pasa
por encima de su madre, de su padre y de sí mismo.
A Dios le pedí que saliera, no apagó la luz,
no echó abajo la casa, ni arrebató mi virtud,
solo me dio la espalda y como un pájaro
se marchó.
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