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40 de contemplación

Criatura

Dec 26, 2025

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40 de contemplación
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<<Este país me está matando>> pensé mientras me derrumbaba en el bus de vuelta a casa. No hay escapatoria, todo me recuerda a la herida, a la imagen de la biblioteca en escombros que usó la psicóloga para hacer analogía de mi historia de vida.

Las personas que toman esta línea verde del bus regresan desde lejos. Todos guardan resignación frente al tiempo, pareciera que cada freno inesperado ha terminado por ahuyentar nuestras almas. Terminamos aquí en la Panamericana danzando sin albedrío. Estoy acostumbrada a llorar de camino, a limpiar mi cara con los últimos centímetros de mis mangas, no me avergüenza entregarles a los pasajeros pequeños retratos. Tal vez mi llanto sea mejor souvenir que sus propios pensamientos. Tal vez este es el precio para hacerme cuna en mi cuerpo. Tal vez aquí sí quepo entre tanto ruido. La poesía del mundo exterior me sostiene; espero a ellos también.

El chofer me invita a sentarme en el asiento improvisado cerca del motor, con incredulidad, mi rostro apunta a los demás. Soy un niño perdido, reconfortado por ojos extraños, una fugitiva acogida sin ánimos de regresar, una poeta nacida en medio de la poesía. Abro el poemario que llevo en manos, escojo un título al azar: Silencios. Pretendo que entiendo, reviso una y otra vez las mismas líneas, la voz de Alejandra en el papel me reconforta, el transporte público es mi nueva biblioteca.

Me he perdido una vez más en mis propios versos, no llevo lapicero, tendré que atarme la lengua hasta llegar a casa. Me levanto como sabueso en busca de la voz que anuncia mi paradero, su brazo descubierto interrumpe mi vista, contemplo las sombras del dibujo en su hombro. Con la espalda, los brazos cansados y los dedos que no alcanzan a despedirse de los abuelos, el chofer, el cobrador, los estudiantes dormidos sobre la ventana llego a mi destino. En 40 de contemplación entendí que no hay mucho por entender cuando viajas en un bus. El cuadro vivo de esta realidad habita en este vehículo y cada uno de nosotros que atraviesa la ciudad. Las personas son personas, el camino es el camino, todos tenemos a dónde llegar y sin este animal de metal no hay vehículo de reemplazo.

Aquí todos trabajan, incluso yo, que escribo. Aunque algunos más remunerados, con horario fijo, todos pagamos el mismo precio. Nadie puede comprar ni con dinero ni con leyes el tiempo, y aun así la parte más ordinaria de nuestra rutina supone un conflicto nefasto, casi irrisorio. ¿Por qué tenemos que pagar por algo que no rompimos? ¿Por qué ahora también cuesta llegar a casa? ¿Por qué después del trabajo tenemos que seguir otra jornada? ¿Por qué tenemos que deternos días enteros para detener el tráfico en aumento de los cuerpos que van cayendo?


Criatura

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