¡Tomen mi alma a borbotones,
valientes cuervos!
En la más corriente botella,
sola y errante,
logré deshacerme de ella,
como se desechan zapatos ajados.
Oscuras y lánguidas sombras
me advierten de la aberración,
pero esta vez no he de escucharte:
¡perversa Akasha!, ¡tus intenciones son claras!
Mi cuerpo pálido y grácil,
sólo por su corazón gobernado estará,
por su hambre constante,
por el vaivén de su morir y vivir
entre lo frenético de sus pausas,
entre lo milagroso de su latir.
Mi ser no tendrá aliento,
y la eternidad me será negada,
¡lo sé!,
¡hasta un pez, suave bajel de escamas
trascenderá más que mis carnes!
¡Pero ya nada importa!
Porque cuando descalza camine,
sin pena ni gloria,
la hojarasca húmeda de mis últimos pasos,
la culpa del daño de vivir
finita será,
y el dolor,
como gris humo al cielo
no seguirá los senderos del karma.
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