"전화로는 당신을 만질 수도 없고, 우주를 통해서는 당신에게 키스할 수도 없어요."
—¡Sargento Kim! —Exclamó, un timbre femenino peculiarmente conocido para sus oídos, que pronto se materializó en una silueta haciéndose presente en su oficina.
La oficial Lee era hija de uno de los superiores de mayor rango en el cantón donde él trabajaba, se encargaba principalmente de labores administrativas, aunque también era una colega importante en el manejo de los cadetes. Se ayudaban mutuamente y para él, era alguien bastante respetada, por ello, dejó lo que estaba haciendo para prestarle atención, no necesitó siquiera responder cuando ella estuvo reprochándole.
—¡¿No educas a tus cadetes acaso?! —El rostro estaba enrojecido, en especial las mejillas. Por alguna razón, su mirada se desviaba cada que ella le miraba. Nunca se había comportado así.
—Oficial, son las... —Murmuró Mujeok, intentando ver el protector de pantalla de la computadora, hoy había tocado turno de noche.
—Tres. —Ella terminó la oración—
—Tres de la madrugada, acaso...
—Sargento. —Ella le cortó, otra vez. —Créame que normalmente no haría esto, pero...
Parecía apenada nuevamente y sus brazos estaban como sellados a su espalda, no abandonaba aquella postura formal, como si intentara ocultar algo. Ella realmente no era de comportarse así, era una mujer de carácter y verla de aquella forma fue extraño, razón por la que se levantó de su asiento. Estaba algo preocupado, para ese punto, millones de posibles escenarios recorrieron en un milisegundo su mente.
—Sabe que mi oficina está cercana al dormitorio de los cadetes.
—¿Pasó algo grave? —Inquirió, pronto tomando el suéter militar del uniforme, abrochándolo.
—Más bien, algo... indecente. —Mujeok volteó, ella volvió a esquivar la mirada.
—¿Le dijeron algo? ¿Siendo hija del Capitán Lee?
—Solo vaya.
—¡Oficial! Dígame, es algo grave.
—¡No es eso!
—¡¿Entonces?!
Entonces, tras bufar, sacó una de sus manos de su propia espalda. Efectivamente, estaba ocultando algo. Una gran tablet, la pantalla brillaba al máximo y en ella había una escena que golpeó su cerebro adormilado como una bala. Una escena pornográfica. Explícita. En alta definición. La oficial no tuvo que decir más, el sargento había entendido todo.
A LA MAÑANA SIGUIENTE.
El día les había recibido con una tormenta azotando los cielos. Lo que debía ser un lienzo azul en las alturas se había pintado de un grisáceo casi rozando el ébano. La lluvia caía casi a cántaros sobre la pequeña pista de atletismo improvisada en el patio del cantón, convirtiendo el polvo y tierra del piso en barro fangoso. Este mismo chapoteaba a medida que los cadetes, cubiertos en impermeables daban vueltas alrededor. Mujeok, con silbato en mano y un impermeable todavía más grande apenas cubriéndole, les guiaba a fuertes pitidos.
—¡Esto es injusto sargento! —Reclamó la juvenil voz de un cadete a los gritos. —¡Fue Jin-ho el que miraba esos videos! ¡Castíguelo a él!
—La oficial Lee dijo que vió a más de uno mirando ese material. ¿Aún no recuerdan quiénes fueron?
—¡¿Qué tenía que hacer ella en la habitación?! ¡Es invasión a la privacidad, carajo! —Exclamó un escuálido joven.
—¡Una vuelta más! Agradézcanle a Park por maldecir. —Gritó también.— ¡Jinho! Cuando termines, irás de nuevo con el fiscal militar y por piedad a todos, espero que recuerdes el nombre de cada uno de los participantes.
UNA HORA DESPUÉS.
Dos vasos de café con el clásico lazo de cartón alrededor para no quemarse. Era lo que cargaba entre sus manos mientras caminaba por los pasillos de la fiscalía militar, el tono lúgubre de aquel lugar se disimulaba un poco gracias a las tenues luces que colgaban desde focos rectangulares en el techo. Finalmente llegó a la sala de interrogatorios, todavía más asfixiante y tormentosa que el resto.
—¿No había otro lugar más traumante? —Cuestionó Mujeok mientras cruzaba la puerta, su ceño estaba ligeramente fruncido.
—No tengo otro lugar, sargento.
—Fiscal Do, por favor, tiene toda una oficina.
—Dijo que quería hacerlo discreto, ahí, no lo es.
El sargento suspiró entonces, pues no quedaba más que darle la razón a Do. Posó el café que era para él frente al fiscal y aunque el otro vaso era para si mismo, eligió dárselo al asustado cadete, mientras tomaba asiento justo al lado de su compañero.
—Jin-ho. —No usaría más el nombre de su rango, no quería espantarle más. —Tal vez estás asustado, pero queremos ayudarte.
—Dinos cómo accediste a este tipo de material y qué otros cadetes han tenido acceso.—Agregó el fiscal.
—No le diremos a nadie más, nuestra intención es que esto no se haga un problema más serio, estamos todos colaborando para ello.
Entonces, un foco pareció encenderse dentro del cadete, sus ojos finalmente se iluminaron de determinación.
—Bien, pasa que...
Pasó un día de aquello, el sargento y el fiscal salieron de una reunión con el capitán Lee, acompañados de su hija, por supuesto. Habían negociado por un rato, pero finalmente llegaron a un acuerdo: educación sexual, para todos los cadetes. Incluídos los treintañeros.
—Creo que salvamos una buena ahí. —Dijo el fiscal.
—Lo dices porque no te tocará supervisar las clases. —replicó el sargento.
—No creo que a su edad sea alguien casto. —mencionó la oficial Lee, mirándolo de reojo, acción a la que pronto el otro hombre se sumó.
—No. —Murmuró en respuesta, evadiendo las miradas al mirar al frente.— Y mucho menos me espanta hablar de eso, pero es traumante...
—Es algo que pasa siempre, Mujuk, ¿no recuerdas cuando hicimos el servicio y Hun-sang coló...? —Un puñetazo en el hombro frenó a Do, mientras la mujer rodaba los ojos. Ambos se detuvieron fuera de la oficina del sargento Kim, como una intersección donde todos se separarían.
—En todo caso, el fiscal militar Do tiene razón, sargento. —Mencionó Lee, alejándose poco a poco.— Usted fue el primero en abogar por los chicos, aplique su mismo ejemplo, entiéndalos...
—Tendrás que pensar como ellos. —Murmuró el fiscal, desapareciendo también.
Pensar como ellos. Esa frase sin duda quedó en la cabeza del militar durante las siguientes horas, la hoja de planificación estaba delante de él, en el monitor de su computadora, aún en blanco. Es verdad, todavía necesitaba conseguir al experto encargado de dar la charla, pero para aquel momento, su mente estaba igual de vacía que aquella hoja de Office.
¿De verdad tendría que pensar como ellos? Mujeok ya había tocado y superado los treinta, no era alguien pacato, mucho menos tradicionalista respecto a las relaciones sexoafectivas. Pero, una cosa era eso, otra entender la mentalidad de alguien que apenas superaba la adolescencia y se volvía adicto al material explícito. <<Adicto.>> ¿Era acaso una palabra demasiado fuerte? Mientras él se debatía, el cuerpo pareció traicionarlo y movió el cursor, directo hacia la carpeta en donde se habían encargado de recopilar y confiscar digitalmente todo ese material.
Sus ojos se movían entre archivos, las miniaturas de los íconos en el monitor dejaban ver las carátulas de cada una de las películas pornográficas que sus cadetes habían estado consumiendo y traficando entre ellos. Era abrumador, tanto que suspiró mientras seguía bajando y bajando, no encontraba nada que pudiera llamarle la atención. Nuevamente, él no era alguien pacato para nada, pero no podía encontrar el atractivo en aquello. Quizás, tras iniciar una vida sexual más o menos activa y dejar la pubertad muchos años atrás, aquel gen había desaparecido. Aquella alteración química en su cerebro que le hacía reaccionar de manera hormonal y feral ante cualquier referencia o imagen sexual; parecía no estar. Cuando pierdes la vergüenza y el taboo, lo pierdes por completo.
Eso último es lo que Mujeok hubiese pensado definitivamente, de no ser por lo que acababa de pasar. Los archivos estaban ordenados alfabéticamente, claro está, todos en hangul. Sin embargo, tras recorrer todo el abecedario coreano sin éxito, la carpeta se abrió a una nueva sección: el japonés. Kanjis y después katakana comenzaron a aparecer, combinándose con su idioma natal y, de repete, tuvo que detenerse. Un ícono no pudo evitar llamar su atención, claramente explícito y descarado, no fue la desnudez lo único que llamó su atención.
Abrió rápidamente la carpeta, que se desplegó en el monitor, revelando solo dos archivos: uno de vídeo, el otro PNG. Fue en ese último donde clicó y en gloria y majestad, el visor de imágenes de Windows le enseñó la portada de aquella película. Pudo ver mejor aquello que tanto le había atrapdo: era ella, en la portada. El rostro es impactante, con pómulos altos y definidos que le otorgan una belleza etérea. Su piel es suave y luminosa, como marfil pulido. Su nariz es recta y elegante, y se une a unos labios carnosos y sensuales que se curvan en una sonrisa perpetua. Y esos ojos… cual pozos, profundos y misteriosos, que parecen guardar secretos en sus profundidades. Sí, estaba cautivado. Y no iba a negar que también su vista bajó hacia el cuerpo que se exhibía, cada curva en su lugar; cintura pequeña, caderas carnosas, abdomen plano, piernas fornidas y sus dos enormes senos, adornados por erectos pezones que parecían llamarle.
¿Cuando pierdes la vergüenza y el taboo, lo pierdes por completo? A la mierda con eso, ella, la chica misteriosa que le miraba desde un espacio inexistente, el píxel en la pantalla LED le decía que no era así. Estaba despertando instintos que el mayor creía perdidos, no solo la sangre que lentamete comenzaba a acumularse en su larga hombría, era una intriga oculta. ¿Quién era ella? Sin duda, la mujer más perfecta que habían visto sus ojos, pero era real. Existía en algún punto de este mundo, quizás allá en Japón, perdida entre neones de Shibuya.
Existía. Allá.
Era descorazonador pensar solo eso, no poder verla jamás, así que necesitaba saber al menos su nombre. No leía japonés, mucho menos le iba a preguntar a los cadetes. Hizo una búsqueda inversa con la imagen en internet, que siempre tan sabio, de inmediato le dió lo que necesitaba.
"Gabriella Miura."
Cayó por ella, mordió el cebo. Volvió a la carpeta e hizo clic en el video, bajando el video mientras comenzaba a reproducirse y se reclinaba en su silla, que crujió suavemente al recostarse. Lo último que se escuchó, fue la cremallera de su pantalón uniforme deshaciéndose y cayendo.
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