Me da miedo que mi corazón tenga pulsaciones muy rápidas. Aguanto la respiración debajo del agua para encontrarme con mis pensamientos. Guardo esperanza en lugares recónditos de mi cuerpo. Fantaseo con las esquinas de Rosario. Me emociona que me llamen por mi nombre. Cobro sentido en la boca de otras personas. Paseo por las casas donde viví e imagino que sigo ahí. Imploro ternura, siempre. Las góndolas del supermercado me marean y me reconfortan a la vez. Me pregunto cómo se construyen las maneras de querer. Camino rápido como si una cámara me estuviera siguiendo. Miro, todo el tiempo, la manera que tiene de mover sus manos. Admiro la delicadeza de las cosas lentas. Deseo que el trayecto del colectivo sea más largo para no bajarme en mi parada. Mi cuerpo se vuelve un acertijo en lugares desconocidos. Me conmueven los gestos de extraños. Quiero correr por la ciudad con lluvia y no detenerme ante el desastre. Hay que vivir así, con el corazón en la mano, dicen. Este es mi método de supervivencia.
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