Dos o tres veces por semana me dedico a sentarme en la última butaca de un auditorio para escuchar fuerte y claro lo que dice un desconocido y anotarlo en un archivo de mi computadora. Con el tiempo, mis dedos se volvieron más rápidos que mi mente. Pocas veces sucede al revés. Vivo de escribir cosas que no entiendo. Salgo todos los días por televisión con el mismo tono de voz. Nada cambia: doy los buenos días o deseo un buen mediodía. Trato de sonreír y mirar a cámara. Pequeños actos heroicos que anhelo que alguien valore mientras come una milanesa con el Canal Rural de fondo. Mi mamá dice que puede imaginar la vida de una persona con tan solo escuchar las palabras que elige al hablar. Me pregunto si se imagina la mía. Si digo “soja” de la misma manera que digo “libro”. Si esa distancia abismal es la que me hunde o la que me salva. Leo, casi siempre, el mismo libro que habla de desamor, una huerta y el paso del tiempo. Afilo mi oído de la misma forma que mis dedos: llevando un registro de palabras ajenas. Me da miedo romper un corazón de la misma manera que me da miedo escribir mal un texto que no entiendo. Pienso mucho en el poema de Fabián Casas que dice: “Me pregunto en qué momento los dinosaurios sintieron que algo andaba mal”. A veces, o casi siempre, me pregunto qué estoy haciendo. Pocas veces lo entiendo. Creo que soy una empresaria de asuntos poéticos.
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