El calendario marcaba un año que nunca quise,
páginas quemadas de un diario lleno de cicatrices.
Perdí tantas cosas que hasta el alma me dolía,
vi sombras en el espejo mientras mi fuerza se extinguía.
Preguntas sin respuesta, noches de llanto eterno,
me abrazó el frío más hondo, un invierno interno.
Y aunque estuve rodeada, me sentí tan sola,
como un barco sin rumbo que al vacío se inmola.
Los días eran iguales, como un bucle sin salida,
y yo buscando razones para justificar la vida.
Las risas eran eco, los abrazos se sentían huecos,
y el amor, ese mito, se escondió tras un espejo.
Amistades que se fueron, promesas que murieron,
ilusiones de papel que los vientos destruyeron.
Busqué refugio en palabras, en música, en nada.
El peso de mi existencia era más de lo que pude,
cargando en mis hombros más que lo que se sacude.
Cada paso que daba era una lucha en mi interior,
con un corazón latiendo entre la bronca y el dolor.
Quise gritarle al cielo, pero ni el eco respondía,
y en la soledad más honda mi esperanza se extinguía.
Las noches eran eternas, los días un castigo,
y yo buscando en la penumbra un poco de abrigo.
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