Quisiera ver de qué servís
sin mi yodo,
Cuervo
Severo.
Embadurno eternamente
tus pieles
amarillentas del cuidado,
curadas por el cariño,
e ingratas ellas me tornan pútrido:
mis pieles amarillas de encierro,
heridas de abandono...
(Bien que en tus pieles hay placer,
aun si no se prolonga).
Bien que acariciarte apenas,
rozarte con la punta de mis dedos,
es tan extasiante
que dudo de lo real y lo onírico.
Tan claro es el deleite
al pasar mi lengua por tu abdomen...
¡Mal Cuervo! ¡Cuervo Malo!
Si mis ojos a buen preciar tuvieras,
te los daría sin titubear y sin pena.
¿Cómo hacés
para ser así?
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