Hoy la casa se llenó sin ruido.
Llegaron uno a uno, como llegan las cosas buenas: sin anunciarse demasiado. Mi prima y su novio uruguayo, mi hermana con ese amor que empieza a tantear su lugar, mi mamá con su presencia que siempre ayuda, Julián, mi compañero y yo, atentos a que algo ocurriera.
Cociné pabellón criollo.
No como quien sigue una receta, sino como quien invoca.
El arroz blanco, las caraotas negras, la carne mechada, el plátano maduro: cada cosa ocupando su sitio, como si el plato supiera que iba a ser más que comida. Era Venezuela servida con cuidado, con memoria, con ese orgullo silencioso de lo que nos nombra.
En la mesa se mezclaron acentos.
Colombia, Venezuela, Uruguay.
Las palabras viajaban sin pasaporte, se prestaban gestos, se reían de sus diferencias. Probamos el mate, amargo, insistente, y alguien dijo que ese sabor también se aprende, como se aprende a querer. Hubo tequeños calientes, de esos que crujen y devuelven de golpe la cocina de antes, las manos que nos cuidaron.
Hablamos de costumbres, de países, de cómo se come y se vive en cada lugar, pero en el fondo hablábamos de lo mismo: de pertenecer, de recordar, de cómo el sabor es una forma secreta de volver.
Las risas envolvieron la tarde.
No estallaban: se quedaban.
Había algo profundamente armónico en ese encuentro, como si todos <por unas horas> hubiéramos bajado la guardia. Nadie actuaba, nadie explicaba quién era. Solo estábamos ahí, compartiendo, dejándonos tocar por el gesto simple de estar juntos.
Cuando la mesa quedó vacía, no hubo prisa.
Quedó esa sensación rara y preciosa de haber vivido algo que no necesita ser grandioso para ser verdadero. Una tarde feliz. De esas que no se planean tanto, pero se agradecen.
Hoy entendí otra vez, que a veces la felicidad tiene forma de comida caliente, de historias cruzadas, de risas que no preguntan de dónde vienes.
Tiene forma de mesa.
Y de gente que sabe quedarse.

JHONATAN DE JESUS BOBADILLA
Soy psicoanalista y escribo. Escucho en el diván y en la página: lo que duele, lo que insiste, lo que no se deja decir del todo. Hago de la palabra un lugar sensible y habitable.
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