Fue una tarde de sorpresas para la familia Zamora. Obviamente, nunca es fácil procesar la muerte de un ser querido, sobre todo alguien como la abuela Moni. No había un solo integrante de la familia que no pudiese recordar un momento especial compartido con la abuela Moni.
Marisa, la hija mayor de Moni y Ernesto, fue quién encontró a la abuela en la cama. Parecía satisfecha, o más bien gozosa. Como un cigarrillo después de una buena comida. Marisa no se sobresaltó demasiado por ese hecho en particular. La abuela tenía un tumor cerebral y ya había escapado a los pronósticos de los médicos por tres meses. No, más allá de la pena, que la abuela hubiese fallecido no era una sorpresa. Lo que la sorprendió fue que al lado de la abuela estaba acostada, muy indecorosamente, doña Yoli, la vecina de enfrente.
Marisa cerró la puerta de la habitación. Se sentía como si hubiese abierto la puerta del baño mientras alguien estaba dentro. Tuvo un súbito sentimiento de culpa. Tal vez porque nunca había pensado en su madre como un ser sexual, o tal vez porque se sentía juzgada por el Sagrado Corazón que la miraba desde la pared. Sacudió la cabeza para serenarse. En ese momento entró su hijo, Alejandro, tan relajado y tan preocupado a la vez como cualquier chico de 17 años.
- Ya estacioné, vieja.
- Ale, necesito que vayas al fondo a ver si tu abuelo está en el taller. Y a la que me vuelvas a decir vieja te comes un cachetazo por muy cancherito que te creas ¿te quedó claro?
-¡Eh, pero tranquila! ¿Por qué no le preguntas a la abuela si está en el fondo mejor?
-La abuela está ocupada. Anda a hacer lo que te dije y no rompas las pelotas.
Alejandro salió y Marisa cruzó otra mirada incómoda con el Cristo en la pared.
-No me mires así. Se nota que vos no tuviste hijos. - le soltó mientras marcaba el
número de su marido en el celular. Que sí, que estaba segura. Que sí, que iba a llamar a la policía. Que cómo mierda le iba a avisar a Cecilia si estaba llamando a la policía. Que sí, que le avise él y vayan para allá.
-Má, el abuelo no está en el taller.
-¿Cómo que no está? ¿Te fijaste bien?
-Y… salvo que se haya escondido debajo del coche…
-Pero pendejo maleducado y la…- Marisa resopló y se tapó la cara con las manos - Dame un cigarrillo.
Alejandro tragó saliva y dio un suave paso de bailarina hacía atrás.
-Mm... Eh… ¿De qué hablas má? Yo no fu…
-¡Deja de hacerte el pelotudo y dame un pucho! - Alejandro sacó un paquete de diez
del bolsillo y se lo ofreció a la madre, con un cigarrillo y una sonrisa incómoda sobresaliendo. Marisa le arrebató el paquete entero. Dio una pitada larga y exhaló con fuerza.
-Alejandro, la abuela falleció. Está ahí en la pieza. - Dió otra pitada y se miró en el
reflejo de la televisión. Vieja, de tubo. Con la infaltable carpeta a crochet y el control remoto envuelto en plástico por encima. El chico suspiró con la resignación de lo que se sabe inevitable.
-¿Y qué hacemos? ¿El abuelo sabrá y por eso se fue?
-No tengo ni idea qué habrá hecho tu abuelo . Ya está viniendo tu padre con la tía Cecilia y Marcos. Ahora nos vamos a ocupar con ellos. Pero tengo que llamar a la policía, porque la abuela no está sola...
Marisa entreabrió la puerta lo necesario para que su hijo captara la situación y la volvió a cerrar.
-Ja. Yo sabía que los abuelos eran gente moderna.
-No empieces con los chistecitos, te lo pido por favor. Haceme el favor y llama a tu abuelo al celular que yo tengo que llamar a la policía.
La llamada a la policía fue normal, tan normal como cualquier interacción con un
empleado público. Marisa cortó exactamente cuando entraban Cecilia y Marcos, su hermana y cuñado, junto a Esteban, su marido. En medio de los abrazos y el llanto, resonó la voz de Alejandro, que se encontró con un teléfono apagado. Las miradas desconcertadas de la familia (y del Sagrado Corazón) se tensaron ante la sirena que anunciaba la llegada del patrullero.
-Buenas tardes. Oficial Giménez. ¿Dónde están?
-Buenas tardes oficial, Marisa Zamora, la hija…- Marisa le pidió paciencia a su
hermana de un codazo. Cecilia todavía no se había enterado de la presencia de doña Yoli en el cuarto y estaba sorprendida por el plural en boca del agente.
-Marisa, ¿los dos? - preguntó agarrandose la cabeza.
-No sé cómo explicarte, mejor sentate primero. - le ofreció una silla y se dispuso a revelarle cuando escucharon a Giménez dentro de la habitación: Central estoy acá en el QTH, ruido a fritura y una respuesta indescifrable, Si, vamos a necesitar la fiambrera y un móvil cientifico por favor, mas ruido a fritura, QSL QSL. Se abrió la puerta y el oficial salió para encontrarse con las miradas ofendidas de la familia.
-¿La fiambrera? ¿Usted me está hablando en serio? - le soltó Esteban viendo las
caras horrorizadas de su mujer y su cuñada.
-Le pido que me perdone señor. Bueno, sepan que se les va a tomar declaración a todos y después van a quedar a disposición…
-¿A disposición? ¿Me pueden explicar qué carajo está pasando acá? - pidió Cecilia entre sollozos.
-La abuela estaba haciendo tortillas con doña Yoli - La risa de Alejandro se apagó ante la mirada de su madre. Esa mirada de “pasa, que no te voy a hacer nada” o “ya vas a ver cuando lleguemos”. Giménez soltó una risa bonachona, de asado entre amigos, que se convirtió en una tos cuando se cruzó con los labios apretados en el rostro de Marisa. El resto de la familia miraba sin entender.
Entonces empezaron a buscar al abuelo Ernesto, en el taller, en el altillo, en el baño, dando una vuelta manzana. El abuelo no tenía celular, nunca los pudo manejar. La tensión empezaba a mutar en desesperación y apretar el corazón de los integrantes de la familia.
A todo esto, los forenses habían llegado y sacado fotos, opinaban que los decesos habían sido fruto de un ejercicio demasiado intenso a una edad muy avanzada. Y fue en ese momento cuando todo sucedió.
Uno de los forenses sugirió a Marisa que cubra los cadáveres con una manta, ella abrió el armario y encontró al abuelo. Desnudo y sujetando su humanidad firmemente, mientras colgaba del barral con un cinturón de cuero.
Sólo se escuchó la voz de Alejandro:
-¿Vieron? Les dije que los abuelos eran gente moderna.
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