Creo que todos usamos una máscara por una buena parte de nuestras vidas diarias. No estoy descubriendo nada. Tratamos de ser lo que creemos que se espera que seamos, en el trabajo, con la familia, etc. Ahora bien, no todas las máscaras son iguales. La mía se volvió muy pesada, pero recientemente siento que buena parte de ese peso (cinco kilos, más o menos) ya no está. Y estas líneas hablan sobre eso.
Si la historia completa merece ser contada, no lo sé. Pero no es importante ahora. Lo que sí importa es que alguien me ayudó a sacar ese peso. Me ayudó a ver cosas que mi máscara no me permitía. Y eso, para mí, es algo extraordinario. Merecedor de mi más intenso agradecimiento.
Y esa palabra es la clave. Intensidad. Soy una persona que experimenta continuamente emociones intensas, y la mayoría son negativas. Sentimientos de dolor, de insuficiencia, de soledad y de fracaso. Una profunda pena que corroe hasta los cimientos del alma. No hay piedad para mí mismo, sino un desprecio profundo que me acelera el corazón cuando tengo un cuchillo en la mano. La contracara es la profunda pasión que se despierta en mí cuando descubro algo, alguien en este caso, que encuentro profundamente maravilloso. No me refiero a una pasión romántica propiamente dicha, sino a una alegría casi infantil. Me arrebata el deseo de contemplar esa maravilla y de hacerla brillar y de sentarme bajo ese brillo a olvidarme de mi mismo y simplemente ser. Por un minuto, por una hora, por el tiempo que tenga. Poder ser, en libre aceptación de la realidad tal y como es en ese preciso momento.
Pero, ¿de qué manera puede uno comunicar ese profundo sentimiento de gratitud y admiración a alguien? ¿Existe una forma segura? El mundo tal vez ya no tenga lugar para sentirse de esa forma hacia alguien. Si es así, entonces mis preguntas no tienen respuesta.
Aunque para ser sincero, lo más probable es que yo haya aplastado esa maravilla. Porque no puedo ser de otra forma, experimentando intensamente cada emoción, hasta el punto en que pierdo de vista la dimensión en que esa maravilla existe y la realidad que se esconde bajo su propia máscara. Me vi movilizado profundamente, y en mi ansia por compartir mi agradecimiento y mi alegría, como dije, la aplasté. Es triste ¿pero qué más puedo hacer si no tengo otra manera de sentir las cosas o ver el mundo?
Quizá una respuesta sea esperar contra toda esperanza. Otra podría ser la muy mala, horrible, idea de intentar atrapar esa maravilla otra vez. Ella es maravilla por su propia existencia, por su fuerza, por la música que es. ¿Cómo podría alguien intentar adueñarse de alguien así? Ella tiene que ser quién es. A mi sólo me queda agradecerle por ese instante de conexión y por la verdad que vi en sus ojos. Por haberme dejado ver debajo de su máscara y bañarme en su brillo aunque haya sido por un momento.
Creo que al final, hasta la alegría más inocente puede ser un arma de doble filo.
Nota: Esto lo escribí el 6/9/21. Todavía estoy aprendiendo la lección.
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