Ayer hice dos tortas
y algo se alineó.
No fue decisión ni cálculo.
Fue ese momento extraño en el que la pasión toma el cuerpo
y lo vuelve exacto.
Las manos dejaron de obedecer
y empezaron a saber.
No creé desde la idea de gustar.
Creé desde el afecto,
esa fuerza silenciosa que afina la mirada,
que vuelve preciso el gesto,
que convierte el tiempo en materia maleable.
Los colores no decoraban:
pensaban.
Las formas no buscaban equilibrio:
respiraban.
Y yo, dentro de ese movimiento,
sentía algo profundamente serio y gozoso a la vez:
estar en contacto con un talento que no se exhibe,
se atraviesa.
Cuando las tortas aparecieron,
no apareció el objeto,
apareció el efecto.
El asombro quieto.
La alegría sin estridencia.
Ese reconocimiento que no halaga el ego
sino que toca algo más hondo:
la certeza de haber dado con verdad.
Ahí entendí que crear así
no es producir belleza,
es permitir que algo propio encuentre forma
y vuelva desde los otros
como confirmación,
como gratitud,
como eco.
Hacer con amor no me calma.
Me enciende.
Me recuerda que cuando sigo lo que me apasiona
el mundo se ordena un segundo
y yo también.
Y ese segundo
<cuando ocurre>
vale todo.

JHONATAN DE JESUS BOBADILLA
Soy psicoanalista y escribo. Escucho en el diván y en la página: lo que duele, lo que insiste, lo que no se deja decir del todo. Hago de la palabra un lugar sensible y habitable.
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