Tengo algo que confesar.
Hoy siento algo parecido a ese concepto que tantas veces estudié en soledad.
Hoy siento algo parecido a la felicidad.
Bajo la escucha activa de las estrellas —como si alguien, por fin, prestara atención— puedo jurarte que esta noche no me siento feo.
No del todo.
Me siento un poco contento. Y eso, para mí, ya es muchísimo.
La felicidad se les escapa muchas veces a esas personas que dan todo para que alguien note su existencia, ya sea ayudando o simplemente respirando. Pero no todo el mundo va a poder ser feliz, y menos cuando el ser humano es el único ser vivo capaz de crear conceptos que después no puede habitar.
No somos una buena especie.
No somos nada.
No soy nada.
Y lo más doloroso es saber que voy a morir cargando el juramento de que podía ser alguien. Hoy me miro al espejo y soy una cosa que respira solo porque la biología es sagrada, no porque haya algo valioso que defender.
Pero, como ya dije, esta noche me siento navegando bajo ese concepto llamado felicidad. Apenas rozándolo. El “tal vez” duele cuando entendemos que existe algo llamado nostalgia. Porque no podés pretender ser feliz mirando al pasado y convenciéndote de que tu vida era perfecta.
No.
Mi vida, tu vida, nunca fue perfecta.
Nunca hubo momentos donde los ojos de esa persona brillaran de más.
Nunca existió esa versión limpia de la historia donde la muerte se llevó de forma pasiva y tranquila a tu mejor amigo, a tu padre, a tu madre, a un abuelo, a tu animal, a quien sea.
La muerte se los llevó de forma dolorosa, lenta. Y cada vez que íbamos al hospital volvíamos con el alma rota, intentando entender qué fue lo que pasó, como si entenderlo pudiera aliviar algo.
Tu pasado no es un lugar hermoso para descansar. Tenés que aceptar eso.
El mayor poder que se le puede dar al pasado es usarlo como empuje: para que los que amás entiendan que no sos una cosa mal hecha, que todavía hay una pulsión de vida latiendo, aunque a veces apenas se escuche.
Ningún pasado humano es lindo.
Ningún presente humano da orgullo.
Y ningún anhelo humano hacia el futuro va a calmarnos el dolor de haber vivido traumas enormes que nos rompieron la ilusión de ser felices. Como dice Bruner en Actos del significado, el dolor reduce la conciencia humana hasta convertirnos en una bestia.
Hoy es una de esas noches en las que, por instantes —como dije al principio—, no me rechazo. Y me pregunto por qué pasa eso. Es simple: la acabo de ver. Su presencia es una invitación silenciosa a la autorregulación de mi pasado y de mi presente. También es una invitación invisible a crear escenas que nunca van a existir: caminar de su mano mientras la luna se llena de complejos porque ella está sonriendo.
Al final de cuentas, todos mis escritos son sobre ella y sobre el amor.
Todo es ella.
Todo empieza intentando entablar una charla para olvidarme de ella.
Y toda conversación termina con algún rasgo que me la recuerda.
Estoy condicionado por ella.
Y ella ni siquiera debe saber que mi personalidad empieza y termina en ella.
No me siento digno de seguir escribiendo.
No me siento digno de escribir bajo el título de felicidad.
Pero quiero que aceptemos algo juntos: quiero que un ser humano intente validar mi idea, que me mire a los ojos y no sienta asco.
Nunca vamos a ser felices.
El ser humano no está destinado a ser feliz.
¿Y sabés por qué?
Porque existe algo que, como especie, nos define: sentir nostalgia y amor por un recuerdo, por una sensación que jamás va a volver.
No existe estudio capaz de explicar cómo seguimos vivos sostenidos únicamente por un recuerdo. Y eso es lo que impide la felicidad, pero al mismo tiempo camina de su mano. El recuerdo es una limitación y una bendición. Es una forma prolija, casi sana, de contener lo que puede ser una mente traumatizada, desesperada por volver a pensar una sola cosa a la vez.
Entonces, nunca vamos a ser felices porque existe el recuerdo.
Y nunca vamos a estar del todo tristes porque también existe el recuerdo.
Vamos a vivir como podamos, con las cosas que nos hicieron.
Intentando olvidar y, al mismo tiempo, recordar para no desangrarnos.
Sos una persona que merece amor.
Sos el centro de mi escritura.
Sos el recuerdo que más me limita y el recuerdo que más me salva.
Querido lector: no te amo.
Te escribo porque necesito que alguien exista del otro lado mientras sigo recordando.
Hoy no soy feliz. Hoy apenas funciono.
Y si sigo vivo no es por esperanza, ni por sentido, ni por amor:
es porque el recuerdo todavía no terminó de matarme.
Puede ser que al principio te haya mentido.
No me arrepiento.
El recuerdo no me deja ser feliz,
pero tampoco me deja desaparecer.
El ser humano vive atravesado por el recuerdo, y eso impide la felicidad plena, pero también impide la tristeza total.
13:20 P.M
06/02/2026
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