Se comió la almohada.
Después, las sábanas y las cortinas.
Luego, su estómago estuvo listo para ingerir algo más pesado.
Siguió con los muebles:
el armario, el escritorio, la mesa de luz y la cama.
De postre, lamió los tapices de flores
que decoraban sus paredes.
.
Después, aspiró el polvo de los rincones,
saboreando los secretos que se habían escondido allí durante años.
Se comió las bombitas de luz, una a una,
tragándose también la última chispa que quedaba de claridad.
.
Bajo el suelo encontró cartas viejas,
fotografías dobladas,
y también se las tragó.
Sin mirar,
sin preguntar,
sin dejar huella.
.
Despegó el papel pintado con las uñas
y lo masticó lentamente,
como si digiriera cada recuerdo pegado a esas paredes,
arrancando con él los cumpleaños, las risas,
los abrazos que alguna vez dejaron marcas.
Arrancó el parquet con los dientes,
y en cada tabla encontró ecos de pasos que ya no volverían.
.
Después, devoró las ventanas,
como si la vista al mundo fuera un simple aperitivo.
Y masticó los picaportes, las cerraduras,
como si intentara asegurarse de que nada pudiera salir, ni entrar.
.
El techo crujió cuando se lo llevó bocado a bocado,
dejando caer sobre sí mismo un cielo hueco.
Mordió las paredes hasta dejarlas en huesos,
y sorbió el polvo que quedó flotando,
como si fuera aire espeso y dulce.
.
Cuando ya no quedaba casa,
se tragó el umbral,
y después, sin pausa, el terreno entero.
La tierra tembló un poco, como si se resistiera,
pero al final también cedió,
y ella siguió comiendo.
.
Luego se tragó el silencio.
Un silencio denso, agrio, lleno de voces ahogadas.
Y, al final, con un suspiro satisfecho,
cerró los ojos y comenzó a comerse el tiempo.
Segundo a segundo.
Día tras día.
Años enteros,
como si fueran migas en la palma de su mano.
.
Ya no había objetos.
Ni suelo, ni techo, ni historia.
Solo ella,
sentada sobre el hueco de lo que alguna vez fue todo.
.
Entonces,
abrió la boca por última vez
y se comió su nombre.
Lo masticó con lentitud,
dejando que se le derritiera en la lengua
como una palabra que ya no tenía a quién pertenecer.
.
Después,
se comió el espejo que guardaba dentro del pecho,
ese que aún reflejaba lo que había sido.
Y con eso —al fin—
se desvaneció también ella.
.
No quedó nada.
Ni tristeza.
Ni sombra.
Ni boca.
Solo un leve murmullo flotando en la nada,
como si el universo estuviera recordando
que alguna vez
alguien se comió un mundo entero
por no saber cómo llorarlo.
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