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    A los pájaros que cantan

    Dec 19, 2023

    A los pájaros que cantan
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    La exposición constante a las redes sociales no es para cualquiera, aunque cualquiera se exponga a ellas.

    Desde adolescentes (y no tanto) que sufren el llamado Síndrome FOMO hasta los ya naturalizados discursos de odio, la operatoria de personas con bastante tiempo libre, o de grupos encauzados para generar efectos de sentido, estaría tejiendo telarañas que chillan su virtud para luego callar, envolviendo a quienes tienen menos tiempo para este tipo de confrontaciones y sólo quieren scrollear en busca de diversión o descanso, pero, atentos a la provocación, caerían en las fauces de los novedosos pajaritos con sus dientes de brillo filosos.

    Y así, algunas interacciones que hace unos años hubieran movido algunos cimientos de nuestras relaciones del mundo físico, hoy, en el virtual, se han tornado intercambios comunes y esperables, pero no por eso menos molestos o dolorosos según la cercanía del vínculo.

    Es que, sin dudas, los llamados discursos de odio se estarían convirtiendo casi en un género literario que, naturalizados al exponernos a ellos en cantidad industrial, comenzarían a formar parte del paisaje. Así, la difusión de estas formas de comunicación tendría consecuencias profundas y medibles en todo el entramado social, sumada a la constante exposición a este paisaje hostil, que nos estaría volviendo presa fácil para volvernos reproductores de esa hostilidad. O, como mínimo, de exasperarnos al movernos en ese mundo.

    Personas que pueden llenar las casillas de sus “amistades” con violencia, al día siguiente las invitan a cenar o les envían una imagen de su familia jugando en el parque. La naturalización, minimización y relativización de estos discursos estaría erosionando el nivel de confianza interpersonal y el bienestar individual de las personas que, de algún modo, serían víctimas o espectadoras.

    Porque, quienes navegan en las redes sociales sin participar de estas discusiones, estarían también formando opinión a medida que leen estos hilos del odio o las tristemente célebres fake news.

    El tema es relevante no sólo para la calidad del debate público y el pluralismo, sino también porque las redes sociales han mostrado ser muy vulnerables a la manipulación política e ideológica. Y esto se aplica a todos los ámbitos, desde la política y la economía, hasta los deportes o, más naif inclusive, al mundo del espectáculo.

     

    La democracia digital sesgada

    En un primer movimiento retórico, podríamos afirmar que Internet nos iguala.

    En un segundo momento, notamos que la red estaría dotando de una aparente autoridad a quien no es lego: cualquiera puede opinar, difundir, viralizar y formar opinión, sin pasar por chequeo de fuentes, filtros y diversas operatorias que, se supone, debería cumplir un medio de comunicación, los únicos legitimados por la sociedad para realizar la tarea de informar.

    En ese sentido, ante la viralización de contenidos (reales o ficticios) habría que evaluar el escenario y buscar las formas de evadir los sesgos de confirmación.

    La psicología refiere que estos sesgos son fenómenos cognitivos que afectan a la manera en que interpretamos la información, llevándonos a buscar y a aceptar evidencia que respalde nuestras creencias preexistentes, mientras que ignoraríamos o descartaríamos la información que nos contradiga.

    Esto podría influir en nuestra toma de decisiones, en la formación de opiniones y en la manera en que percibimos la realidad que nos rodea. Podría tener, inclusive, efectos significativos en nuestra forma de pensar y comportarnos, trastocando la relación con nuestros vínculos. De esta manera, muchas de nuestras decisiones estarían sesgadas y cometeríamos errores de juicio que podrían perjudicarnos en forma individual o social.

    En política, las personas tienden a consumir noticias y seguir a personas en redes sociales que respalden sus puntos de vista. Además, en un fenómeno sumamente palpable, estos sesgos contribuirían a la polarización y a la creación de burbujas de información, en las que nos rodearíamos de personas y fuentes que refuercen nuestras creencias, lo que aumentaría la división y la intolerancia en la sociedad. Esto último, cada vez más manifiesto, lo podemos analizar en las llamadas echo-chambers o cámaras de eco.[i]

    Al exponernos, en forma consciente o no, a las fuentes de información que nos envían mensajes cercanos a nuestras comprensiones de base, podríamos redirigir ese contenido a otras personas con convicciones similares, que a su vez verían sus posiciones reforzadas. Este juego de ecos y reexpediciones daría identidad a los grupos y los cerrarían a influencias externas. De este modo, las posiciones se fortalecerían, pero también se polarizarían, tornándose más extremas y distantes y, por tanto, potencialmente más conflictivas.

     

    Fenómeno de la modernidad

    Si bien los expertos en marketing y publicidad han reconocido durante mucho tiempo el poder del sesgo de confirmación para influir en las decisiones de los consumidores en sus procesos de elección de productos, Internet y las redes sociales se toparon casi por casualidad con este fenómeno, lo potenciaron y, finalmente, al caer en la cuenta de los efectos que podría llegar a generar, tanto medios de comunicación como grupos de intereses políticos y económicos entrenaron sus “ejércitos de trolls” para la batalla, a tal punto que hoy en día no sabríamos distinguir la información real de la falsa y fuentes confiables de fake news, debiendo realizar un fact checking para escapar de la espiral de información y desinformación que nos violenta y nos hace violentos.

    Para Bruno de Jesús Verdú, director de la agencia española Blackpool Digital, “los usuarios en Internet tienden a escuchar antes a las personas que a las organizaciones y aquí incluyo a los medios de comunicación, por lo que tenemos una gran responsabilidad de la que debemos ser conscientes”. [ii]

    Así, especialistas en diversas materias y hasta influencers podrían terminar formando opinión e, inclusive, obteniendo cargos públicos en procesos electorales.

    Jesús Verdú indica que de todas las noticias que inundan nuestras redes sociales, en el mismo momento en que seleccionamos una en concreto para compartir y no otra, estaríamos sesgando información. “Imaginemos que encontramos dos noticias sobre la pandemia de COVID-19: una que habla del número de fallecimientos causados por la enfermedad y otra que habla del número de personas que la han superado. Al decidirnos por compartir una u otra, contribuimos a generar una corriente de opinión optimista o pesimista”, sostiene. [iii]

    Cabe añadir que, a la hora de comentar noticias, se produciría una reacción psicológica también muy interesante y sesgada: la polarización de las creencias. Esto implica que, cuanto más nos contradigan y más argumentos nos muestren en el sentido contrario a nuestra opinión, más extremos nos volveríamos respecto a nuestra posición inicial con el objetivo de defenderla.

    Sin embargo, todas las personas, en mayor o menor medida, caeríamos dentro de esa tendencia automanipulatoria. Así, se generarían corrientes de opinión basadas en criterios sesgados que, cuantas más interacciones se producen, más heterogeneidad, más distancia y más diferencia de pensamientos atañen, por consiguiente, más conflicto existiría.

    En resumen, el ser humano no desea la incertidumbre y necesita respuestas rápidas, sencillas y comprensibles para entender la realidad de su entorno. El problema surge en generar opiniones basadas en informaciones sesgadas. Y ni hablar cuándo lo que defendemos es directamente una falacia ad hominem.

     

    Mitigando el sesgo

    Entonces, ¿cómo podemos escapar de este sesgo de confirmación o mitigar sus efectos?

    Las evidencias sugieren que es complejo. Algunas investigaciones indican que nuestro cerebro tendería a buscar patrones y conexiones significativas para procesar la enorme cantidad de información que enfrentamos a diario, algo que hace unas décadas no sucedía. Al hacerlo, le estaríamos dando prioridad a la información que respalda nuestras creencias preexistentes, ya que esto nos brinda una sensación de coherencia y nos permite reforzar nuestra identidad y autoconceptos.

    Sin embargo, anteriormente, frente a una menor cantidad de información disponible en el menú, se cree que reaccionábamos con más paciencia ante discursos ajenos y diferentes al nuestro.

    Esto no quiere decir que no existiera el debate, sino que probablemten había menos instancias de exasperación ante la circulación de discursos de odio, fundamentalmente porque no estábamos en constante contacto con ellos. Pero, además, podíamos convivir con personas que pensaban diferente, protegiendo el vínculo que nos unía por sobre la ideología, debido a que, irónicamente, teníamos menor contacto.

    En las antípodas ideológicas, podíamos juntarnos a jugar al fútbol una vez por semana y luego no conversar por días más que sobre temas puntuales. No teníamos acceso total a “todo lo que piensa” y “todo lo que quiere compartir” la otra persona.

    Hoy, las redes sociales, especialmente X (ex Twitter), nos mostrarían todo sin ningún pudor. Y no sólo de nuestros vínculos del mundo físico, sino también con contactos del mundo virtual, navegando un profundo mar de discursos, información y desinformación.

    Sin embargo, existirían algunas estrategias que podrían ayudarnos a ser más conscientes de este sesgo y a procesar información de manera más objetiva, como por ejemplo: buscar variedad de fuentes de información en lugar de una sola que respalde nuestras creencias; mantener una “mente abierta”, cuestionando constantemente nuestras creencias para poder considerar diferentes puntos de vista; analizar la calidad de la información, es decir, no aceptar en forma ciega, buscando siempre verificar; y, por supuesto, reflexionar sobre nuestros propios sesgos y estar dispuestos a cambiar de opinión de ser necesario, sabiendo que eso no haría daño a nadie.

    En línea con esto, una investigación de SIAM News, sostiene que habría que "enseñar a las personas a reconocer sus prejuicios, estar más abiertos a nuevas opiniones y ser escépticas de la información online. En contraste, tratar de corregir las creencias de las personas después de que ya se han formado opiniones no es tan efectivo". [iv]

     

    ¿Y en cuanto a la polarización?

    Mitigar el sesgo de confirmación es fundamental si queremos analizar el presente sin caer en la telaraña de personas apasionadas con mucho tiempo libre. Realizar un posicionamiento crítico frente a la información, que casi siempre se viraliza a la velocidad de la luz sin ser chequeada, nos permitiría obtener una visión más objetiva y equilibrada de la realidad.

    Pero no tendríamos que dejar de lado que, en la raíz de toda esta conflictividad que se desencadena con tanta facilidad en redes sociales, casi siempre como base estaría operando el prejuicio, que nos dividiría en bloques contrapuestos, construidos en torno a un conjunto de creencias basadas, según la definición clásica, en el miedo, la ignorancia o la falta de modelos de vida y objetivos compartidos. Estas creencias a menudo son estimuladas y reforzadas por un uso instrumental de la autoridad, por grupos de poder políticos y económicos que nos querrían divididos. [v]

    En este contexto, se estaría tornando necesario romper el algoritmo y la lógica digital: la polarización y fragmentación social promueven que las personas no tengan vínculos con quien piensa distinto y, para alivianar los decibeles de la polarización, sería fundamental salir de las burbujas virtuales y de la comodidad de escuchar sólo a quienes piensan de forma similar.

    Sabiendo que el prejuicio habría nacido mucho antes que Internet, y las redes sociales solamente lo estarían estimulando y multiplicando,[vi] la verdadera cuestión clave reside en cómo combatirlo, ya que estaría desplazándose, circulando y siendo capitalizado por una minoría política que, en connivencia con grupos de poder, influiría a través de las fake news y el manejo de las redes para producir malestar social.

    Por ese motivo, se torna urgente y necesario diseñar estrategias para la discusión democrática de lo público en todos los ámbitos, lo que incluye al mundo virtual.


    [i] Peckham, Sheena (2023), ¿Qué son los algoritmos? Cómo prevenir las cámaras de eco y mantener a los niños seguros en línea. Digital Matters. Disponible en https://www.internetmatters.org/es/hub/news-blogs/what-are-algorithms-how-to-prevent-echo-chambers/ (consultado el 10 de diciembre de 2023)

    [ii] de Jesús Verdú, Bruno (2020), El otro virus: el sesgo de confirmación vuelve a invadir las redes sociales. Artículo de LinkedIn. Disponible en https://www.linkedin.com/pulse/el-otro-virus-sesgo-de-confirmaci%C3%B3n-vuelve-invadir-de-jes%C3%BAs-verd%C3%BA/ (consultado el 6 de diciembre de 2023).

    [iii] Idem cita anterior.

    [iv] Maier, Elizabeth (2023), Por qué para combatir la desinformación educar el pensamiento crítico es más efectivo que la censura. Red/acción. Disponible en  https://www.redaccion.com.ar/por-que-para-combatir-la-desinformacion-educar-el-pensamiento-critico-es-mas-efectivo-que-la-censura/ (consultado el 17 de diciembre de 2023).

    [v] Para más profundidad en este tema, acceder a https://espacioangular.org/polarizaciones-y-alternativas-m-aratta/

    [vi] Pelligra, Vittorio (2019), El odio en el tiempo de las redes sociales: poco orgullo y demasiado prejuicio. Ciudad Nueva. Disponible en https://ciudadnueva.com.ar/el-odio-en-el-tiempo-de-las-redes-sociales-poco-orgullo-y-demasiado-prejuicio/ (consultado el 13 de diciembre de 2023).

    Mariano Aratta

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