La moneda con dos caras iguales
Cuando era chico, mi abuelo supo bautizar mi octavo cumpleaños con una moneda de 50 centavos especial; tenía esta su lado inverso y reverso exactamente iguales. Lo que algunos verían como una mera equivocación excepcionalmente bella por parte de lo que conocemos como "casa de moneda"; yo pude verlo desde un lado más poético y soñador: pude ligarlo a lo que vaga e inocentemente conocía como destino.
Al fin y al cabo, fui siempre así. Canceriano puro de alma pero ruin en el accionar.
Me dediqué por meses a presumir de esa moneda que creí solo existía en las películas. Entonces, en sus momentos de uso, yo buscaba darle una utilidad dejándole a ella las decisiones importantes, donde por a o por b, la respuesta iba a ser obviamente siempre la misma.
Qué fácil se puso reemplazar el coraje con una herramienta así, ¿no?
Hasta que me vi obligado a crecer, y con el pasar de los años, la perdí. Pero quedó en mí la premisa más importante, junto con su debida advertencia como posdata: solo hay un camino, pero será aquel que yo decida construir.
Borré variables, descarté posibilidades, olía pero no tocaba, observaba más no me acercaba, masticaba más no tragaba y poco a poco me volví un outsider de la propia vida. Me limité a ser espectador hasta de la mía y dejé de lado el obrar y el protagonismo. Aún cuando sabía que iba a experimentar ansiedad, terror y preocupación. Aún cuando sabía que iba a pasar por ciertas cosas que no podía ni imaginar en ese entonces, incluso sin saber que iba a ser traicionado, desplazado, despedido, exiliado, al fin de cuentas daba igual, llegar iba a llegar.
Y entonces, me tocaron la puerta los veintes, y más no sabía yo dónde hurgar por ayuda que bajé el telón de mi propia vida y pude ver con los ojos cerrados por primera vez después de dos décadas. Hasta que me di cuenta de que no había dejado de sentir, ni así: seguía acá. Intenté, pero seguía acá; me quemaba, pero seguía acá; estuve solo; pero seguía acá; lloré, pero seguía acá; estaba frustrado, pero después de tanto y tantas, seguía acá. Entonces me rendí, pero usando la otra cara de la moneda, la que seguía siendo igual y similar a la que elegí en primer lugar para rendirme la primera vez, pero usando la advertencia como primera premisa universal: mi destino será aquel que YO decida construir.
Entonces dejé de quejarme por la sangre, por el sudor y por las lágrimas que me trajo el camino de la consciencia y la negligencia, y empecé a abrazarlo, desde la ambición y desde el hambre de triunfo. La enfermedad, el dolor, el cuerpo y el cerebro pueden siempre sacarte de foco y alejarte de aquello que buscás, de aquello que querés, de aquello que tenías y ya no tenés o que seguís teniendo pero temés perder.
No necesitaba cambiar mi cuerpo, ni mi rutina, ni mis hábitos, ni mi forma de pensar, ni mi accionar, ni mi forma de reflexionar sobre mi accionar, no necesitaba hacer nada que sea singular, inoportuno y no-espontáneo. Necesitaba un cambio real, cambiar acá arriba, empezar por la cabeza para recién empezar a bajar, empezar por lo alto para llegar al fondo.
No importa si esto requiere de un año o de una vida entera de esfuerzo propio consciente para que yo pueda llegar a notar un cambio en quién carajos soy, fui ni por qué: cualquier trueque temporal ahora mismo valdrá la pena, porque ahora sí, ahora sí soy protagonista de mi vida, y ya no quiero observar más, estuve en la banca demasiado tiempo llorando por los errores que se cometían por encima del parquet y yo veía sin aportar nada pero con una cartera de movimientos infinita por presumir. Mi platea son mis versiones pasadas y los aplausos no vendrán únicamente por el esfuerzo, sino por los resultados, como toda platea existente.
Con hambre y ambición, firma Nicolás.
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