La inútil ceremonia de recordar
Escribir estas líneas no es un acto de rescate, sino la voluntad de hundir las manos en la ceniza para cumplir con este rito final, esta inútil ceremonia de recordar que es, al mismo tiempo, nuestra única y desesperada forma de no morir del todo.
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Prólogo
Recordar es una forma lenta de la derrota. Es un ritual que se cumple a solas, en esa hora en que la luz de la tarde deja de ser luz para volverse una mancha sucia sobre los muebles. En estas páginas no hay rescate; no se busca traer a nadie de vuelta, porque sabemos —con esa lucidez amarga que da el desencanto— que lo que se fue no reconoce llamados.
Escribo para confirmar el vacío, para sostener por un momento lo que ya se hizo ceniza y nos sigue pesando en las manos. Somos este amontonamiento de gestos ajenos, un simulacro de voces que insisten en hablarnos desde un rincón que ya no existe. Al final, solo nos queda la persistencia de los rostros que nos habitaron, esa marca invisible de los que pasaron por nosotros como quien atraviesa una habitación prestada y nos dejaron, sin querer, el frío de su propia nada.
No hay consuelo en estas palabras, solo la obstinación de los vencidos. Porque nada se recupera, y sin embargo, uno se inclina ante el pasado con una devoción que no espera milagros.
Esta es mi ceremonia. Inútil, como todas las cosas que valen la pena.
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