DELTA 37 - Casi El Paraíso I
Registro narrativo de una anomalía temporal.
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Prólogo
Sobre el tiempo.
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A veces, cuando cierro los ojos, veo a mi abuela. La imagino parada frente a mí; con una mano sostiene su cartera y con la otra, mientras fuma, acomoda su pelo arremolinado por el viento. Puedo ver sus ojos escondidos detrás de unos grandes lentes de sol, de color marrón. La escucho reírse. Su voz sigue teniendo la misma música de siempre, ni una nota errada.
Esta escena está completamente justificada. Ella existió, su voz me habló, sus ojos me miraron, su cuerpo fue materia. Es un recuerdo del que abuso, al que vuelvo muchas veces y me sirve de refugio en momentos específicos.
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Pero otras veces ocurre lo mismo con personas que no conozco no conocí.
Las veo con la misma claridad, con los mismo gestos cotidianos. Escucho sus voces, sus risas, los sonidos de fondo. Y a diferencia del anterior, yo no decido llegar a ese recuerdo que aún no existe.
Entonces me pregunto: si recordar es lo mismo que imaginar, ¿qué parte de lo que recuerdo es real? ¿Qué parte de lo que imagino es un recuerdo de otro lugar?
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Quizás la memoria no sea un cajón del pasado, sino una corriente que atraviesa el presente y el futuro por igual. Cuando cierro los ojos, me arrastra sin saber si recuerdo o adivino.
Hay momentos en los que el tiempo se comporta como un animal doméstico; parece venir cuando lo llamo, pero en realidad hace lo que quiere. A veces se queda dormido, otras huye. Hay días en que la juega de sordo, y otros, me deja dormir acurrucada en sus brazos. Y en esos segundos suspendidos, algo en mí se abre paso y mira.
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El tiempo no pasa. Nos pasa.
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Nos dobla, nos desordena, nos devuelve imágenes que no sabemos si son nuestras o prestadas.
Quizás por eso una canción puede dolernos antes de haberla escuchado o un lugar nos parece conocido aun cuando es nuestra primera vez allí.
He llegado a pensar que el tiempo es un espejo que recuerda por nosotros; que es el reflejo que espera a que nos paremos frente a él y que, de vez en cuando, se asoma para comprobar si seguimos siendo los mismos.
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No sé si existe el futuro. No sé qué es, ni de qué está hecho.
Creo que el destino es la consecuencia de las decisiones que tomamos con nuestro aparente libre albedrío.
También creo que hay recuerdos que todavía no ocurrieron, pero aún así los recordamos. Y ESE es el gran error del universo.
Lo que sucede es que todavía, como humanidad, no logramos descifrarlo como tal, y eso le da ventaja al cosmos.
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Y entonces, ahí entiendo: que no soy yo quien observa al tiempo.
Es el tiempo el que, desde algún lugar, me está observando..
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