Ciudadela 75
¿Se cuestionará la hormiga el por qué? ¿Levantará los ojos rojos y respirará con su último aliento un odio visceral cuando vea una mano, una sonrisa, un ojo a través del cristal, o solo aceptará su destino? ¿Sabe la hormiga que el juego macabro se seguirá repitiendo? ¿Sabe que ha acudido bajo la lupa voluntariamente?
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Prólogo
Nunca se supo quién fue el primero, y de tener una pista, quedaría descartado su nombre inmediatamente porque hay cosas que es mejor no saberlas. Las avenidas dan hacia los mismos sitios geográficos, los pasos te llevan en un círculo eterno. Hay rumores de que el camino se acaba en algún sitio, pero nadie sobrevive lo suficiente como para encontrarlo.
Aquí se enferman los pájaros de alas huecas y los grillos mudos. En la esquina de la calle 40 se levanta también una vieja construcción mal hecha con poco de altura. Se podría afirmar que ese edificio gris con ventanas agrietadas bailotea con el escaso viento que hay, se mueve de lado a lado y mece a todos sus habitantes. Son limitados los espacios que formarían los apartamentos en su interior, perteneciendo estos a los más miserables existentes en todo el valle. Los transeúntes contemplan la vida con sensaciones mezcladas, ninguna placentera, como si no fuera suficiente con cargar a cuestas la reputación de la mala pinta de la ciudadela No. 75.
¿Qué es ese sonido como una campana? Otro más ha llegado.
Desde afuera, los edificios parecen más grandes de lo que realmente son, y uno cree que encontrar una habitación a módico precio es como sacarse el gordo a mitad de mes cuando escasean la comida y la esperanza. Los inquilinos parecen nunca querer perder su lugar adentro por alguna razón, hacen hasta lo imposible para que nadie los saque de ahí, como una secta secreta que celebra con ahínco un odio silencioso.
Justo al frente, la estación de tren inhabilitada roza los carriles que rechinan ante cada vagón, estos mismos vibran siguiéndole un ritmo triste, fúnebre. La lamentable montaña rusa donde se subía solamente quien era propenso a vomitar, y en las noches frías, cuando la lluvia parece convertirse en un mar gélido ingresando por los conductos de ventilación, se asentaba en las paredes entre imágenes tétricas con sombras macabras correspondientes a apariciones.
Las tardes desprenden una ambivalencia crónica para todos, nunca hace demasiado sol, a veces el cielo se tinta de fucsia, una imagen de elegancia superpuesta en la fachada da aires de elegancia pero, en realidad, basta con darse un viajecito a la puerta de entrada para echar un vistazo en el interior y encontrarse con un laberinto sin salida, de cada puerta emana una pesadilla viviente con forma de individuo, así sucesivamente hasta que al final del año siguen siendo los mismos de siempre intentando permanecer a pesar de que todo el tiempo simulan mudar de piel o mejorar por temporadas, vivir el día a día con una sensación de desespero y necesidad de atención frenética. Listos para el caos, nunca para la verdad. Un sentimiento agridulce en cada esquina.
Ninguno recuerda si se conocen desde la niñez, desde la adolescencia o, quizás, desde siempre.
«A mis seres queridos les dejo la vida»
— Jaime Sabines
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